viernes, 7 de mayo de 2010

Yo, Dios

Si me hubiesen dicho esta mañana que hoy iba a matar a un hombre, no me lo hubiera creído. Hoy, cuando me levanté, era un maldito día persiguiendo a todos los demás. La misma rutina, las mismas tres paredes y media, y la misma maldita cama que ya está hundida.

No voy a decir que soy amable. Para qué. Para qué si no es cierto. Soy el conductor de bus más huraño de todos los tiempos. Cuando alguien me da las gracias, le doy el cambio, piso el pedal de arranque, muevo el cambio, miro al frente y arranco como si fuese tan sólo un simulacro. Cuando no me viene en gana parar el bus para alguien, no lo hago. Y ahora nada ha cambiado. No potencialmente. Desde las dos y media de esta tarde, soy el mismo, un hombre gordo, grasoso y malhumorado. La diferencia es que ahora soy también desgraciado y preocupado.

No vi al hombre. Estoy casi seguro de que no lo vi. Reaccioné segundos después y una parte de mí, que no fui yo, detuvo el autobús. Cuando lo detuve me maldije por no haber seguido conduciendo. He atropellado a un hombre. Miré por el espejo retrovisor. Me tranquilicé. No. He atropellado a un mendigo.

Tampoco hubiera creído si me decían que iban a cerrar una calle sólo por mí. Es más, os confieso a ustedes porque sé que no dirán nada a nadie: me complació tanto que cerrasen una vía principal por mí, aunque el motivo fuera un accidente, que os aseguro que aquello de matar no me suena tan mal. No estoy diciendo que a partir de ahora seré asesino, o es que no habéis comprendido. Ya os he dicho que sigo siendo el mismo malhumorado y que nada ha cambiado en mí. Pero en serio aquello no me suena tan mal. Porque yo, que siempre fui un Donnadie, después de aquél milagroso accidente, todos querían saber mi nombre, conocer mi presencia. Y no con rabia o prevención, sino con una curiosidad casi animal, como la de la ardilla que ve por primera vez una nuez que no conoce, todos me veían con los ojos abiertos y brillantes, casi alegres, y yo trataba de fingir que estaba preocupado.

No sé bien cómo explicaros. No es que me haya agradado matar a aquel hombre, perdón, mendigo. Y hasta hubiese sido mejor que fuera un hombre. Pero nunca me había sentido tan complacido de ser un animal, ni de ver a todos como animales. Cual si el muerto fuese un grano de azúcar, todo quien pasó por allí rodeó a la víctima como hormiga. Todo gracias a mí. Como veis, hasta me siento eterno y todopoderoso porque cambié el destino de muchos quienes pasaron por allí hoy. ¿Sabéis? Esto parece jugar a ser Dios, y no podríais entender cuánto me agrada. Es que no sé cómo deciros lo que me gusta esto de ser animales.

Hace meses no tomo un cigarrillo entre los dedos, y ahora estoy sentado en el balcón –después de muchas preguntas y quién sabe hasta cuándo – fumando uno como un adolescente que lo prueba por primera vez. Y mi esposa está en la habitación mirando la televisión y no hablo con ella hace más de dos meses, pero ahora tengo unas ganas animales de hacerle el amor. Y ahora os confieso qué sí soy diferente. Y no penséis que admiro a Calígula, pero me siento como un Dios. Nunca pensé que alguien pudiese sentirse tan bien como yo me siento ahora después de matar un mendigo.

jueves, 20 de agosto de 2009

Nuevo Blog

Hola a todos!
Volví a escribir, pero ahora tengo un nuevo blog.
Aquí publicaré literatura, fotografía y arte, porque estoy reconsiderando mi quehacer periodístico.
Periodismo Lina Moreno seguirá publicando escencialmente periodismo y algo de literatura como siempre.
La dirección del nuevo blog es http://anilinaverdeazul.blogspot.com/ (Mi seudónimo es AnilinA).
Espero que visten mi nuevo blog.
Gracias!

Anoche toqué una estrella

Esto lo escribí el 24 de agosto. El poema está inconcluso, porque estaba esperando una inspiración que nunca llegó para terminar de escribirlo. Ayer, buscando un archivo lo encontré. No recordaba que lo había escrito. Y ahora estoy mucho más segura de que esa inspiración que necesitaba para concluirlo nunca llegará, porque la fuente de la que provenía se extinguió.


Anoche toqué una estrella.
Era como el hielo,
fría, helada, gélida.
La noche estaba oscura,
y las estrellas danzaban,
entre las nubes se escondían,
rezaban, jugaban, corrían,
nadaban, como delfines,
entre olas de vapor.
Las estrellas son los delfines del cielo,
tan calmas, tan dulces.
Las estrellas son las luciérnagas del firmamento,
y alumbran pastizales de nubes,
con luces intermitentes,
que prenden y apagan.
Anoche toqué una estrella,
la cogí entre mis manos,
y brillaba, con su luz blanquecina
en mis manos manchadas de pintura.
Y le hablaba, a mis oídos adoloridos por la música.
Y preguntaba, a mi boca untada de poesía.
Y rozaba mis manos, untándolas de polvo de estrellas.

martes, 18 de agosto de 2009

Silencio de luna

Estamos los dos solos.
El rumor de las olas se escucha a lo lejos.
Pensamos en estrellas,
en el amanecer.
El mar arrastra los caracoles,
y viajan sonoros hasta el final de la playa.
La arena acaricia nuestros pies,
la luna dibuja nuestras siluetas.
Tu aliento se mezcla
con la brisa salada del mar.
Mis pupilas reflejan las estrellas
y tus ojos.
Tus ojos no reflejan los míos,
solo susurran palabras del mar.
Y yo te beso con mis ojos.
Y yo te beso.
Y yo te canto.
Y tu me escuchas.
Y no dices nada.
Me miras con ojos tristes,
con ojos de adiós.
Sólo callas.
No encuentras los besos
para una dulce despedida.
Y yo te miro.
Y yo te beso,
con mis ojos.
Y tu callas.
Y bajas tu mirada a los astros azulados.
Tu silencio es lunático.
Tu silencio es de estrella.
Cuando te toco te quemas,
te destiñes,
y lloras.
Y tus cenizas se mezclan con la arena
entre huellas marrones
entreborradas por las olas
salvajes del mar.
Y la luna sigue intacta,
como si estuviera inerte.
Pero está viva,
más viva que nunca.
Arde de pasión,
como nosotros cuando nos besabamos
cobijados con la arena
y las olas tibias del océano inmenso.
En la playa todo muere.
Tus ojos mueren,
enterrados en la arena.
Y yo agonizo.
Morimos juntos,
de amor,
por el mar,
por el cielo.

viernes, 14 de agosto de 2009

Stop for a while

A todos hola...
He tenido abandonado el blog por algunas semanas, y lo tendré por otras, no sé cuantas.
Por ahora necesito reconsiderar mi vida... luego le volveré a dar comida al blog y hasta cuente lo que me pasa.
Gracias a todos los que visitan el blog!

domingo, 26 de julio de 2009

La muerte y yo

El día que cumplí trece años, morí. Ese día lloré por primera vez. Y a partir de ahí no volví a tener vida. Ahora, que dicen que tengo dieciocho y un poco más, me sigo sintiendo de trece.
Mis obsesiones comenzaron a los trece. Comencé a pensar en amor a los trece. Eso fue lo que me mató. Se supone que amor es lo contrario de muerte, o eso dice la etimología: ‘amor = a + mor’, a es sin, mor es muerte, amor es la falta de muerte.
Pero nunca he creído en el amor, entonces creo que siempre he estado muerta.
Si, como hace una semana. Amé durante dos días, y al siguiente ya estaba muerta. Fue más una obsesión de trece años. Ya estoy cansada del amor, lo he dicho en repetidas ocasiones. Prefiero la muerte, prefiero morir. Porque mi ser no concibe amar, y morir es lo más parecido a lo que yo puedo hacer. Yo creo que lo más parecido al amor a lo que puedo llegar es a la obsesión. No me puedo imaginar amando, simplemente la palabra no cabe dentro de mí. Como mi obsesión con la muerte, que me hace pensar que amo la muerte. No puedo parar de pensar en ella, en la muerte, tan pálida, tan negra, tan profunda, tan filosófica. La muerte y yo nos amamos, ya hace tiempo que nos casamos, y no nos queremos divorciar, para el que esté pretendiendo quitármela. Mía, sólo mía. La muerte me escogió a mí entre un montón que se pelean por morirse primero. ¿Qué habrá visto en mí? Que nadie más lo ha visto…

domingo, 19 de julio de 2009

La vi morir en el mar

A ella la había conocido desde antes de nacer, nueve meses antes. Sabía que seríamos muy buenos amigos, porque somos muy parecidos. Yo la había visto crecer; hacía dieciocho años y unos meses que la conocía, o que la veía, porque ella siempre me repetía que nunca la conocería, y se impresionaba cuando me equivocaba al intentar acertar en sus gustos.

Ella era salvaje, y no le gustaban las cadenas. Amaba la libertad, y esa era su palabra preferida, porque eso representaban sus pinturas y eso escribía siempre después de firmar las cartas esporádicas que me hacía. Amaba los caballos, y en cierto modo se creía uno de ellos. La comunicación entre ella y esas bestias parecía algo completamente natural. No soportaba presiones, y no toleraba que alguien le mintiera; si lo hacían en su cara ella misma lo refutaba.

Pero todos esos recuerdos sobre su búsqueda de la libertad, me acuerdan de su muerte. Yo estaba allí; la vi morir y vi el agua teñirse de rojo cuando el motor destrozó su cabeza. Siempre que se subía a esa lancha me decía que temía morirse de la manera en que lo hizo.

Casi todos los veranos yo la llevaba al mar. Pero ella no resistía sentirse aprisionada entre la selva y el océano y siempre me pedía que la llevara mar adentro. Se montaba en la lancha y se sentaba en la proa, mirando hacia el frente, como un águila queriendo cortar el aire del horizonte. Se sentaba con las piernas cruzadas y nos daba la espalda a los que nos sentábamos en las bancas del bote. Pero ella era feliz cuando lo hacía; imagino su júbilo cuando sentía el aire golpear su cara, y el vapor salado del mar entrando por su nariz, el sol de medio día sobre su espalda, el viento jugando a despeinar su cabello, y las olas del mar invitándola a nadar con ellas.

Pero cada verano, cuando me decía lo mucho que disfrutaba admirar el mar desde la proa, me contaba también su miedo a sentarse allí. Siempre supe que ella era diferente, porque ella imaginaba cosas que nadie más podía hacer, como imaginar su muerte de la misma manera en que pasó.

A pesar de lo mucho que disfrutaba sentada en ese lugar de la lancha, su sufrimiento era casi del tamaño de su dicha. Me decía que temía caerse al agua. Pero ella imaginó cada detalle de su caída, como creo que lo vivió.

La lancha iría con mucha velocidad, y en una ola podría levantarse la proa; la inercia haría que la proa saltara, y ella caería inmediatamente al agua. El motor seguiría encendido; quienes viajaban en la lancha no se habrían percatado de su caída, porque sólo habrían transcurrido algunas milésimas de segundo. Y mientras tanto, ella estaría bajo la lancha, avanzando entre remolinos hacia la popa, donde estaba el motor. Los tripulantes apenas habrían podido parpadear una vez.

Ella me decía que si eso llegaba a pasarle, pasarían escasos dos segundos antes que el motor destrozara su cabeza. No alcanzaría ni siquiera a recordar un instante de su vida, porque tendría pocas centésimas antes de morir. Pero yo le dije que podría recordar hasta el momento más intrínseco de su existencia, y vería su vida entera, como un video proyectado ante sus ojos. Y ella lo entendió, y comprendió que volvería a nacer cuando estuviera bajo el bote, sin aire, sin oxígeno, durante dos segundos.

Un nuevo universo nacería bajo el bote, como una burbuja, como un nuevo mundo, y ella volvería a nacer, y a vivir dieciocho años, en escasos dos segundos antes de morir. Sería como si volviera a vivir de nuevo, y tras dieciocho años y algunos meses, ese universo la transportaría de nuevo a ese momento, debajo de la lancha, antes de su muerte. Ella me respondió que era paradójico que volviera a vivir su vida como si hubiera reencarnado en ella misma, que viviera otra vez dieciocho años, mientras nosotros, los que íbamos en el bote, sólo viviéramos dos segundos.

Faltaban algunas centésimas para ajustar un segundo, y esa mujer que yo conocía hacía más de veinte años gritó, pero no había comenzado a verter lágrimas; pensó equivocadamente que se podría salvar. Yo callé, porque sabía que en un segundo estaría muerta, y no quería arrebatarles las esperanzas a quienes me acompañaban ese día en la lancha.

Ella estaría comenzando a nacer de nuevo bajo el bote. Para ella sería de nuevo noviembre del noventa. Para los que estábamos arriba era agosto de dieciocho años después. Y ella estaba viviendo ese miércoles en que nació, estaba tomando su primera bocanada de aire, estaba saliendo del cuerpo de su madre, llorando, gritando como un recién nacido. Estaba dando sus primeros pasos, diciendo sus primeras palabras, en su primer día de guardería, en su primer día de colegio, viviendo su primer castigo; consiguiendo sus primeras amigas, sus primeras salidas, sus primeras citas, dando su primer beso, enamorándose, viviendo su adolescencia; celebrando sus quince años, graduándose, en su primer día de universidad, y finalmente, llegando de nuevo a ese momento, cayendo bajo el bote, en un remolino de corrientes, mientras en dos segundos nosotros no alcanzábamos a darnos cuenta del golpe.

La corriente la empujaría hacia arriba, y su cabeza golpearía el piso de la lancha, en ese momento todos gritarían. Finalmente, la fuerza del agua debajo del bote la impulsaría hasta la popa, donde estaba el motor, funcionando, con su velocidad máxima, y sin la suficiente agilidad del lanchero como para frenarlo en los dos segundos que duró su muerte.

Vimos salir primero su cabeza, como el día en que nació, pero esta vez salió para morir. Su pelo estaba esparcido como un abanico en el agua, pero luego no pudimos ver nada más. El motor le destrozó la cabeza con sus hélices, esa cabeza que yo sabía que estaba llena de cosas que nadie entendería jamás. Yo fingí dieciocho años que la entendía, pero nadie jamás podría comprender una mente tan compleja.

El agua comenzó a teñirse de rojo, y la estela que dejaba la lancha tras de sí era una carretera carmesí. Pronto fueron su espalda, sus pies, su pecho, los que comenzaron a colorear el agua, y los pedazos de piel y carne quedaron flotando en la marea. Habían pasado cuatro segundos, y no habíamos tenido tiempo para acostumbrarnos a su muerte, ni tiempo para asimilarlo; si bien algunos apenas comenzaban a darse cuenta, cuando vieron su cuerpo atravesado por huesos rotos y en medio de una estela roja.

El motor se detuvo. Nadie había comenzado a llorar, porque todos estaban perplejos, intentado creer lo que veían. Su cuerpo, que segundos antes había estado imponente sentado en la proa, cortando el viento salado del mar, ahora estaba con pedazos de piel faltantes en medio de una marea violácea.

Yo era el más acostumbrado entre esa multitud de cinco personas que habitaban el bote. Porque ella ya me lo había dicho, y vivirlo fue exactamente igual a como yo lo había imaginado cuando ella me lo contó, y seguramente igual a lo que ella imaginó que pasaría si se caía desde la proa del bote.

Tal como lo habíamos pensado. Ella viviría dieciocho años mientras yo vivía dos segundos. Ella nacería en un nuevo universo mientras yo permanecía en el mismo lugar, esperando a que la corriente la sacara de debajo del bote, e impotente esperaría ver la sangre manchando el agua salada del mar.

Así murió, mientras buscaba la libertad, pero creo que no hubo para ella un momento de tanta prisión como el que vivió entre las corrientes marinas bajo la lancha, ni tanta prisión como volver a vivir su vida en ese nuevo universo, segundos antes de su muerte imaginada.

Intoxicación por chocolate

No recuerdo bien si era miércoles o viernes, pero era un día normal, como cualquier otro, sin mucho movimiento, sin muchos pensamientos demasiado originales; las mismas clases, la misma gente, las mismas caras y las mismas conversaciones de siempre. Si acaso, la única novedad esa mañana se evidenciaba en el periódico: ya eran catorce las muertes por intoxicación por chocolate esa semana. Aunque no era tan novedoso; yo ya estaba acostumbrada a ese tipo de hazañas tan extrañas.

Cansada del bullicio y de las mismas conversaciones de todos los días a esa hora, que no iban a ningún punto y siempre terminaban en un silencio desconsolador que hacía a todos recostarse sobre sus morrales, con un cachete aplastado y jugando con cualquier cosa en la mano, me retiré a la parte trasera del lugar y me senté sola en una mesa. Ahora el silencio era más disimulado, aunque quedaban en el aire resquicios de gritos. Saqué un libro, el que había comenzado unas cinco veces en esa semana, porque había algo en el aire que evitaba que me concentrara, algo que no sabía muy bien que era, pero que no olía bien. Entonces me acomodé en la posición menos estética que alguien pudiera imaginar y me preparé para empezar el libro por sexta vez.

Las páginas transcurrieron entre uno y otro pensamiento, y cada párrafo era interrumpido por alguna idea inoportuna. Habían pasado 28 minutos y sólo iba en la tercera página. Un séptimo comienzo sería necesario, eso era seguro.

Siempre que me alejaba de esa manera de la gente era por dos razones. La primera era el silencio, que analógicamente significaba aire para mí. La otra, era por el miedo al tiempo. No quería perder un minuto de mi vida haciendo cosas estúpidas, o viendo a la gente recostada en sus mochilas, con un lado de la cara aplastado, y maldiciendo la vida con sus ojos después de una larga jornada de clases. Si hay algo a lo que yo le tema es al tiempo. Ver pasar a las manecillas del reloj que indican los segundos, 86.400 veces al día por el norte del reloj, me deprimía de verdad. Más o menos a la cuarta vuelta ya habría echado lágrimas. Y más o menos a la veinteava hubiera intentado suicidarme. Pero lo que sucede es que, cuando pienso en el tiempo que ya ha pasado, y pienso en las cosas que ya no volveré a hacer, siento una nostalgia que puede durarme semanas. Y otras veces pienso en el poco tiempo que me queda y en todo lo que quiero hacer antes de morir, pero siendo racional, sé que no llegaré a hacer ni la mitad de ello.

Y ese día no me encontraba exactamente de buen humor, pero tampoco de uno muy malo. Era un día normal. Un día de esos en que los sentidos se bloquean y uno se olvida de oler, de mirar, de escuchar o de sentir la poesía cuando canta. Simplemente, el día no me provocaba nada.

Dejé el libro a un lado de la mesa, abierto pero con la cara abajo, porque no recordaba donde había guardado el separador, y no quería que se me perdiera la tercera página en la que iba. Resbalé mi cuerpo en la silla hasta que mi cabeza encontró la altura del espaldar y cerré los ojos por un momento, que duró más de lo que yo hubiera querido. Entonces recordé mi último beso, pero no me trajo buenos sentimientos, así que esculqué entre los cajones de archivos de mi memoria, tratando de recordar mi último beso felíz. Había sido hace mucho, mucho tiempo. Fue el 28 de octubre, y jamás había esperado tanto tiempo ni con tanto empeño a que alguien me besara. Esa noche, mis papilas gustativas habían vuelto a probar un elixir que no degustaban hace muchísimo tiempo.

Este viernes o miércoles, me sentía falta de ese elixir. No exactamente de ‘ese’ del 28 de octubre, podía ser cualquiera. Necesitaba besar, pero no habían peces en el agua, y hacía tiempo que no los había. Mis labios necesitaban poner a funcionar su actina y su miosina, y mi cuerpo deseaba liberar endorfinas.

Y cuál si hubiera estado leyendo mis pensamientos, llegó lo que yo esperaba, cargado de dulces y con una sonrisa casi tan llena de carbohidratos como lo que vendía. Me refiero a que su sonrisa era acaramelada y acogedora, como las chocolatinas que traía en la mano. Yo no sería el quinceavo caso de muerte por chocolate, y lo sabía. El chocolate era algo parecido a besar o a hacer el amor. El chocolate me llevaba a mi punto máximo. No podía vivir sin chocolate. Y entonces, con su sonrisa asesina, me sedujo, vació mis bolsillos a cambio de 1.600 gramos de chocolate para el resto de la tarde.

A él lo veía algunas veces los miércoles o los viernes, y cuando lo veía coqueteaba con él. Pero era un coqueteo momentáneo, porque sabía que eran pocas las veces que lo iba a ver, por lo que intenté no llenarme la cabeza con obsesiones, que me carcomían, como el chocolate. Pero ese día, en medio de su normalidad, de su rutina y de su insensibilidad, él emanaba cierta esperanza. Tal vez esperanza no sea la palabra, suena demasiado romántico para mi gusto. Era como si él fuera la única novedad además de las catorce muertes por chocolate en esa semana.

Me había encontrado derramada en mi asiento, en una posición completamente antiestética, y la menos adecuada para coquetear, como lo hacía siempre que lo veía. Entonces, de una manera muy poco disimulada me erguí para parecer esbelta, a pesar de estar sentada. Pero mi pelo estaba un poco desordenado y no me untaba labial hacía más de tres horas, por lo que mis labios estaban resecos y lo menos apetecibles para besar.

Él comenzó a preguntarme cosas sobre mí, con una sonrisa que pareciera le fuera a romper la piel de las mejillas. Y me di cuenta que esa sonrisa no era normal. Bueno, era normal, pero estaba acompañada de preguntas, y eso la hacía inusual. Entonces me incliné sobre la mesa, pero no para besarlo, sino para que pudiera verme de cerca y estudiar mi piel blanca, para que tal vez así pudiera recordarme algunas veces, casi tan esporádicamente como yo a él. Su aliento se cortó, miró su reloj y dijo que debía irse ya. Mi rostro comenzó a poblarse de sangre, mis ojos se expandieron y mi boca liberó su fuerza entreabriendo los labios, para dejar escapar un suspiro de tristeza. Ese había sido el único pez en mi estanque en mucho tiempo, pero lo había olvidado. Esa era mi única oportunidad en mucho tiempo de besar a un chico, y ahora el maldito tiempo me lo estaba arrebatando. Si el tiempo fuera bueno conmigo, tanto como para hacerse querer y no temer, dejaría que pasara el resto de mi vida besando, o comiendo chocolate sin sufrir las consecuencias, o haciendo el amor sin tener hijos.

Él se percató de la perplejidad de mi rostro, y tal vez imaginó las decenas de pensamientos que cruzaron mi mente en esos escasos dos segundos. Tal vez él también necesitaba besar y por eso me dijo que me vería a las cinco en ese mismo lugar en que yo estaba sentada ese viernes o ese miércoles. Y tal vez oyó los nervios, revelados por los latidos de mi corazón, y por eso me regaló otra barra de 200 gramos de chocolate. Debió imaginar que la necesitaba para pasar el resto de la tarde con vida. Pero era buen indicio, porque al menos quería que siguiera con vida.

El segundero pasó 1.741 veces por las 12, y a la 1.742 ya estaba lo suficientemente deprimida como para seguir observándolo. Entonces volví a tomar el libro, pero continué en la tercera página, en la octava línea, “…en el bosque no se oían sino las cantatas de las ranas y los grillos, y ella permanecía inmóvil esperando que…”. Desde antes de nacer sabía que el mundo estaría en contra de mí. Ese libro se estaba burlando en mi cara. Lo sabía, porque era una novela de desamor, y yo escogo los libros por casualidad; aunque ya había comenzado a percatarme de lo irreal que es la casualidad. Ese libro estaba ahí para leerme mi vida, para decirme que me dejarían esperando en esa mesa el resto de la tarde. Esperaba un beso que nunca llegaría.

Ese libro era una porquería. Lo cerré y lo guardé, dispuesta a no seguir leyéndolo, y resignada a gastar el tiempo sin hacer nada, lo que iba en contra de mis reglas de vida.

No eran ni las 4 de la tarde, pero supuse que no valdría la pena quedarme sentada esperando una hora más. Sabía que no vendría. Pero mi destino era subirme a un tren, ver mil caras fatigadas, quejándose de la vida, y no quería enfrentarme aún a aquello, aunque sabía que era mi única opción. Me paré, di un par de vueltas al edificio, y habiendo recuperado un poco de esperanzas volví a sentarme en la misma silla que había ocupado hacía cinco minutos.

Abrí la primera barra de chocolate, y tras de ella la segunda, y la tercera y la cuarta… y en minutos, los 1.800 gramos de chocolate eran sólo envolturas de papel. Ahora sólo faltaban tres minutos para las cinco y había comenzado a dudar sobre mi muerte por chocolate. Ahora ya no estaba tan segura como antes. Tal vez sí llegara el chico de la sonrisa de caramelo y me encontrara en un shock diabético. O tal vez me encontrara con la cabeza sobre la mesa, inerte y silenciosa, con los ojos desorbitados por los efectos del chocolate. O tal vez no me encontrara, porque ya me habría muerto y me habrían llevado a un horno de cremación (cosa que siempre prohibí que hicieran conmigo, pero que al fin y al cabo me la harían. Podría tener catalepsia y me estarían quemando viva. O si estaba muerta no quería ver mi cuerpo haciéndose ceniza. Preferiría ver como las lombrices se lo comían, y cumplir el ciclo biológico como debe hacer un buen cristiano. Aunque soy agnóstica). O llegaría y sólo encontraría un vómito oscuro sobre la mesa en la que horas antes yo me había inclinado para que examinara mi piel blanca, que ahora estaría más blanca por la indigestión. De todas esas opciones, preferiría la de morirme. Además, hubiera sido el caso número quince de muerte por chocolate, sería el record de la ciudad.

Pero nada de eso ocurrió. Tuve que dirigirme al baño y cuñar la puerta con el morral. Permanecí 32 minutos adentro del cubículo, pero salí renovada. Tenía la esperanza, ya llegada a ese punto, de que él fuera impuntual, cosa que aborrezco, pero que ese día, viernes o miércoles, hubiera sido de gran ayuda.

Cuando volví, la silla donde me había sentado durante horas, estaba ocupada. Un grupo de personas se reía ridículamente alrededor de esa mesa. Y no había rastro de mi besador.

El chocolate comenzó a hacer efecto en mis venas. Comencé a marearme y a ver un poco borroso. Y entonces caí, no recuerdo dónde. Cuando me desperté, estaba en un recinto blanco, casi cegador. Me faltaba algo. Había perdido mis labios. Tal vez los había dejado olvidados en el lugar donde me desmayé. O tal vez me los habían extirpado por falta de circulación, por falta de oxigenación, por falta de uso. Y mis sospechas se confirmaron, cuando el cirujano me mostró sobre su mano enguantada dos pedazos largos y blancos alargados, y me dijo que habían tenido que amputarme los labios, porque se habían muerto por falta de besos.

Entonces, ese día sí morí por intoxicación de chocolate.

domingo, 12 de julio de 2009

Manos que transforman vidas

Texto escrito por: Lina María Moreno Restrepo, María Isabel Palacio Montoya.

Clara muestra las cicatrices provocadas por ella misma en sus muñecas blancas y dice que eso se lo hizo cuando estaba en el hospital psiquiátrico. “Yo no quería vivir más, me quería morir”, dice Clara; “me tenían que amarrar porque yo intentaba quitarme la vida con lo que tuviera a la vista”, y muestra su muñeca izquierda con unas líneas más blancas que la piel de todo el brazo.
Clara, desde hacía varios años estaba teniendo experiencias aterradoras, como ella las describe. Al principio le daban unos temblores, “como un temblor de tierra. Comenzaba a llorar de un momento a otro sin saber por qué”, la embargaban la angustia y la tristeza, al punto que llegó a sumirse en una depresión muy profunda y tuvieron que internarla en el hospital psiquiátrico varias veces. “Entonces me empezaron a medicar, y a buscarle la razón a esa depresión tan fuerte”. Tomaba demasiados medicamentos y cuenta que llegó a un nivel en que estaba casi perdida, los médicos ya la habían diagnosticado como depresiva mayor y paciente con trastorno bipolar, “ya no tenía vida”. Algunas veces la droga le hacía más efecto que otras, e incluso había momentos en los que se encontraba estable. “Entonces, en un episodio de esos en que estaba bien, alguien que me conocía me dijo que hiciera un nivel de Reiki que eso me podía servir mucho. Yo nunca había oído mentar el Reiki”. Clara consiguió el teléfono de Carlos Arturo, el primer maestro de Reiki en Colombia, y lo contactó para hacer el primer nivel.


Carlos Arturo Hidalgo había recorrido un largo camino en su formación de vida religiosa. Se había formado con los Carmelitas y prácticamente sus padres lo habían educado para que fuera cura. En una ocasión, tuvo la oportunidad de viajar a Puerto Rico, cuando ya se le estaba agotando el tiempo para hacer votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia. “Entonces yo me enfermé, y me di cuenta que la vida religiosa no era lo mío”. “En la clínica donde me hospitalizaron por unas fuertes crisis de asma, estaba el que más adelante sería mi maestro de Reiki. Al verme tan mal, me puso las manos por tres días consecutivos y la crisis de asma desapareció”. Carlos cuenta que luego tuvo el coraje y la valentía para renunciar a la trinidad, y a partir de ese momento comenzó a sentir una gran curiosidad por el Reiki, quería saberlo todo, de qué se trataba, quería acceder a él. Pero en esos tiempos, hace diecisiete años, los precios para iniciarse en el Reiki eran sumamente costosos y muy pocos podían aprender esta forma de sanación.
Un día Carlos recibió un dinero como regalo, el exacto para realizar el primer nivel de Reiki, e inmediatamente se inscribió. “Me enamoré del Reiki, decidí hacer a un lado la vida religiosa, y dirigir mi vida a la formación de maestro Reiki".
“Cuando hablamos de Reiki estamos hablando de la energía espiritual del universo, es una energía que no es excluyente”, dice el Maestro. Reiki es una palabra japonesa que significa ‘energía vital universal’, es una curación por medio de la imposición de manos.
A mediados de 1870, Mikao Usui, un sacerdote japonés, comenzó una extensa búsqueda para averiguar la manera en que Jesús sanaba. Estuvo por más de diez años recorriendo el mundo en busca de respuestas. Cuando volvió a su país natal, desesperado por no encontrar resultados, un sacerdote amigo le sugirió que se retirara durante 21 días a una montaña, en los que haría meditación profunda. Usui siguió las instrucciones, pero habían pasado 20 días y aún no encontraba las soluciones que esperaba. Durante la noche del veinteavo día, Mikao tuvo una revelación: una luz entró por su chakra del tercer ojo y le reveló todos los símbolos Reiki. A partir de ese momento se convirtió en el primer maestro y descubridor de esta forma curativa, que más tarde enseñaría a sus discípulos. Uno de ellos tuvo una paciente llamada Hawayo Takata, quien aprendió el Reiki y lo trajo a América, y a partir de ese momento se inició su difusión por todo el continente.
“Cuando volví a Colombia me puse en la tarea de fundar ReikiColombia”, dice el Maestro, y afirma además que una de las metas de la institución es que el 5% de la población colombiana sea reikista. “En cualquier barrio, en cualquier familia debe haber por lo menos un reikista”.
ReikiColombia ha dictado cursos en todos los departamentos del país, enseñando los niveles I, II, y III del Reiki y la maestría, con la cual se puede instruir. “ReikiColombia nace con la necesidad de difundir el Reiki y hacer de éste una propuesta más amplia, más dinámica y con tarifas muy económicas, en donde muchas personas puedan dar testimonio de que es una energía que verdaderamente funciona. El Reiki es una herramienta que nos puede ayudar a vivir mejor, a vivir en un eterno presente sin la angustia del pasado y sin la angustia del futuro”.
"El Reiki es incluyente para el pobre, el rico, el bonito, el flaco. Es una energía de tanta fuerza que la misma Organización Mundial de Salud le dio un aval”, expresa Carlos Arturo.


Clara aprendió la autoterapia con el Maestro y empezó a aplicarla. “Comencé a sentirme mejor, tranquila, relajada, no sentía la angustia. Entonces empecé a tomar decisiones y dije que debía mermar la droga, pero el médico me decía que no podía. Sin embargo yo lo hice y continué haciendo autoterapia”. Como Clara comenzó a sentirse bien, pasados cinco años de haber hecho el primer nivel, decidió hacer el segundo, también con el Maestro, y gracias a la fuerza que adquirió esta vez, pudo dejar por completo su medicación. Clara acaba de hacer el tercer nivel y espera poder llegar a ser maestra Reiki. “Para mí ahora todo es Reiki. Todo, la salud de mis niños, la tranquilidad de mi hogar, todo”, expresa Clara mientras una sonrisa se dibuja en su rostro. “Me habían diagnosticado trastorno bipolar, depresión mayor, y me dijeron que no podía dejar de tomar los medicamentos. Y mirá como estoy de bien, gracias al Reiki”.
Clara recuerda otra de sus experiencias con el Reiki, en la que un día su niña se cayó con un vaso en la mano y se cortó. La sangre no paraba de salir y la niña pedía a su mamá que la llevara al hospital. Clara le dijo que se tranquilizara y envolvió su manito con las suyas. Inmediatamente la sangré se estancó. “Es muy curioso porque estanca la sangre ahí mismo y quedan como coagulitos de sangre, no sigue chorreando”, cuenta Clara.


“Es algo con lo que se te acaban las palabras, a mí me da un sentimiento de alivio, de felicidad, de tranquilidad, de alegría”, dice Natalia con sus ojos aguados, mientras el rostro poblado por las líneas de sonrisas que en otro tiempo fueron robadas, se llena de luz. Ella, quien es madre de tres hijos, en medio de sus problemas se deja contagiar por la sonoridad de la palabra Reiki, permite que la inunde y la envuelva en un aire de tranquilidad, donde la belleza se conjuga con el bien para dar paso a una sanación espiritual.
Cuenta que por más o menos diez años sufrió de un trastorno de pánico. “Uno siente miedos y angustias, es muy incomodo, sobre todo cuando no te dan un diagnóstico a tiempo. Yo estuve viviendo diez años de lo mismo y nunca jamás supe que era eso”. Debido a sus constantes crisis, hace ocho años visitó a un psiquiatra. Él le dijo que debía tomar una medicación de por vida y Xanax durante dos años.
El año pasado, en medio de la vida normal que llevaba, pero siempre apegada a una droga, encontró una terapia que le permitiría canalizar las energías y encontrarse consigo misma. Su cuñada le habló del Reiki. En un principio, Natalia, no sabía muy bien qué era, pero tenía entendido que se relacionaba con el crecimiento personal y la sanación. Entonces, motivada por la iluminación que llegaría a su vida y las cosas positivas, hizo el primer nivel. “En él, Carlos Arturo me dijo que sí tenía esa enfermedad ya no necesitaba la medicación, que yo misma iba a tratar con eso y sentí la tranquilidad de poder dejar la droga”. Sin embargo, cuando Natalia habló con el psiquiatra, él le aconsejó que no la dejara, que la tomara con menos frecuencia, pero que lo siguiera haciendo.
En un viaje que hizo a China llevó poca medicación. Resolvió que no dejaría de tomarla en ese momento, porque “el miedo más grande que a uno le puede dar es no tener la medicina en un sitio alejado. Entonces dije que la iba a llevar, pero no en mucha cantidad, y desde febrero de este año no tomo nada, no tengo miedo, no tengo susto de que me vaya a repetir, no pienso en eso y estoy completamente aliviada”. En medio de sus ansias por sacar toda la emoción, por plasmar con voces a veces un tanto altas sus alegrías, sus sorpresas, pero sobre todo al recordar lo que era su vida antes, le da gracias a Dios. A su cabeza llegan los pensamientos que la embargaban durante aquella época: “Dios si me vas a dejar así el resto de mi vida, acuérdate de mí”. Ella sabía que tenía que salir adelante por sus tres hijos, pero su interior se frustraba al sentirse tan enferma. Ahora con la ayuda del Reiki ha encontrado armonía. Sus ojos crecen cuando dice que el Reiki le dio valor y la puso en un camino de transformación.


En el refuerzo del segundo nivel de Reiki, Natalia conoció a Pablo, un administrador de empresas. Cuenta cómo él durante la sesión decía que gracias al Reiki ahora se miraba al espejo y se sonreía, “seguramente no lo había hecho antes y el Reiki le dio la oportunidad de regalarse a sí mismo una sonrisa diaria”. Natalia piensa que cuando uno se regala una sonrisa a sí mismo, es capaz de brindársela a cualquiera, “pero mientras uno no sonría y se deje llenar por la luz que irradia la cara, entonces ahí si no es capaz de dársela a otra persona”.
“Yo decía que por la mañana me veo y me saludo en el espejo, lo que no hice durante cuarenta años, porque uno se levanta y ve su rostro cansado, agitado, aún hinchado por la dormida. No ve los cambios que se van dando paulatinamente y le aportan a uno como ser humano” dice Pablo. Él cree firmemente que el Reiki trajo a su vida cosas muy positivas, cambios en su salud y actividades. Le dio más amor por su familia, le ayudó a conocerse a nivel interno y lo mejoró como persona.
Hasta el día de hoy no hace prácticas de sanación. Su proyecto principal es auto-curarse y es consciente de que el Reiki ha influido de una manera enorme en lo que ahora es él. Le ha traído cosas grandes a nivel profesional, económico y sobre todo familiar, “el reencuentro con mi esposa, con mis hijos que se habían perdido y aquí los encontré”.
Pablo comenta que los que asisten a Reiki son una sola familia que se viene aumentando, son una sola fuente con una voluntad interna de cambiarse a sí mismos para luego llegar a otros. “Lo cierto es que somos energía y eso se puede manejar, podemos sanar muchas cosas y disponernos para recibir otras tantas que están ahí, a la vuelta de la esquina, y ahí en el espejo de tu lugar, pero que tu nunca lo has querido ver.”


Lucina es una profesora de un colegio de la ciudad. Define su experiencia con el Reiki como un proceso de tranquilidad. Cuenta cómo en medio de una situación difícil, debido a un traslado, logró equilibrarse y mantener la calma. “Yo me sentía serena porque ya había hecho el primer nivel de Reiki y eso me daba paciencia”.
Cuando llegó al lugar donde iba a trabajar, se enteró de que el puesto ya lo habían ocupado. Prácticamente no tenía empleo, sus compañeros le insistían que buscara un abogado, una asesoría jurídica, algo que la ayudara y no la dejara esperando en vano. “Me sentía como en un círculo, yo estaba adentro y afuera las miradas de las personas, los compañeros; todos me preguntaban si no le iba a encontrar solución al problema y yo les decía que esperaría porque confiaba en que el puesto era mío”.
Decidió ir un mes entero al lugar del trabajo, iba de ocho a once de la mañana. Nadie le dijo que fuera pero ella siguió yendo como para que no se olvidaran de que aún su problema estaba sin resolver. Dice que esa decisión la tomó sola, el Reiki le permitió hacerlo, porque le dio la fe necesaria. “Efectivamente, al poco tiempo me llamaron y me dieron el grupo”.


Juan Camilo y Johan son estudiantes de medicina apasionados por el tema de la curación. Un día Johan estaba buscando información sobre terapias alternativas, y se asombró un poco cuando el Reiki apareció en la pantalla de su computador. Ninguno de los dos había escuchado hablar de Reiki alguna vez. En internet decían que era la curación por imposición de manos. “Entonces encontramos la página de ReikiColombia, averiguamos cuando era el próximo curso y nos inscribimos”.
Juan Camilo ha hecho dos niveles. Dice que lo principal que el Reiki le ha brindado es tranquilidad, “porque yo soy muy acelerado”. “Gracias al Reiki y a la meditación he logrado calmarme más, estar más pendiente de las sensaciones que hay en el mundo. Siempre trato de conectarme con la energía”.
Además, relata que además ha tenido experiencias paranormales con el Reiki: “Yo siempre he tenido la idea de que existe un ángel guardián, de algo que lo protege a uno, y gracias al Reiki pude volver a conectarme con ese ser espiritual, pero más visualmente. No es que yo haya visto que tenía dos ojos y un cuerpo, lo que veo es como un ser de luz”. “El Reiki para mí es como la estabilidad, porque yo soy muy agitado, muy preocupado, y el Reiki me brinda mucha estabilidad”.
Juan Camilo, quien sufre de una tendinitis por causa de un accidente ocurrido cuando practicaba deporte, cuenta que frecuentemente le duele mucho la rodilla. “Gracias al Reiki se me mermó mucho el dolor, porque antes yo me paraba y si dejaba la rodilla completa en extensión me dolía. Con el Reiki ya puedo volver a hacer ejercicio. Volví a hacer spinning y a trotar”.
“Llegué al Reiki porque me gustaba mucho la idea de poder sanar a las personas, y como dice el Maestro “la sanación es como la sana acción”, entonces el Reiki invita a actuar de la forma correcta siempre”, expresa Johan. Él dice que el Reiki se complementa mucho con su carrera, y que le gusta mucho poder aplicarlo para ayudar a otras personas. Cuenta que la experiencia del Reiki, cuando se aplica con los niños, es algo maravilloso, porque son muy receptivos. En el semestre en que vio pediatría, Johan aprovechó para hacer Reiki a los niños, y dice: “cuando lo aplico con niños, es muy bueno. Por ejemplo llegaba un niño con un cólico, con un dolor abdominal o llorando, y uno le ponía las manos e inmediatamente se le quitaba el dolor, dejaba de llorar. Era excelente”.
Dos médicos generales le habían diagnosticado a Johan hipertrofia de cornetes y rinitis crónica. Era necesaria una operación, pero antes tenía una cita con un especialista. Uno de los médicos le recetó un medicamento, pero Johan no quiso tomarlo, en vista de que sus efectos secundarios podían no ser buenos. Entonces, durante todos los días antes de la cita con el especialista realizó mucho Reiki. El día de la cita, cuando el médico le revisó la nariz, le dijo que estaba perfecto, que no tenía hipertrofia ni rinitis crónica como le habían diagnosticado. Evidentemente, no fue necesaria ninguna operación.
Cuando Johan empezó a estudiar medicina, tuvo que venirse a vivir solo a Medellín. Sus papás se habían quedado viviendo en Andes, un pueblo del suroeste de Antioquia. Estaba extrañando a su familia, entonces hizo Reiki. “Utilicé uno de los símbolos del Reiki que sirve para acelerar los procesos, entonces a mi mamá le resultó un traslado para Medellín y se vino para acá, y ya estamos viviendo todos juntos, que era lo que yo quería”. “Con Reiki puede pasar de todo. He llegado hasta arreglar el mouse del computador”, cuenta Johan, que define al Reiki como un “amor incondicional”.


‘Amor’ es también lo primero que le llega a la cabeza a Luz Dary cuando le mencionan la palabra Reiki. Luz Dary conoció el Reiki por medio de su hermana, la maestra Doralba Vélez, quien ha hecho un gran trabajo de difusión del Reiki en la ciudad de Medellín. Doralba y otros seis maestros de Reiki, fundaron la asociación Asoreikistas, la única registrada en Medellín por la Cámara de Comercio. La asociación dedica sus dones sanadores a prestar servicio a la comunidad y a hacer trabajo social con pacientes que padecen cáncer.
Uno de los casos de pacientes con cáncer le ocurrió a un sobrino de Luz Dary y Doralba. Al joven le diagnosticaron leucemia a cuando tenía trece años. Luz Dary recuerda los gritos de dolor del joven cuando le aplicaban el tratamiento de quimioterapia. Ver al muchacho en ese estado, desconsolaba a la familia, que se sentía impotente por no poder hacer nada para ayudarlo. Fue entonces cuando Doralba, hermana de Luz Dary, se ofreció a realizar una terapia del Reiki al joven. Ella dijo que no lo podía curar, pero que podía aliviar un poco su dolor y calmar su desesperación. También podría darle más tranquilidad a la familia.
La Maestra expresa que los reikistas no son sanadores, sino canales de sanación por los que fluye la energía sanadora del universo.
Doralba comenzó a aplicar Reiki a su sobrino y su dolor se calmó. La familia también sintió más tranquilidad y relajación. Poco después, el joven murió, pero el Reiki le ayudó a dejar este mundo de una manera más tranquila.
De hecho, Luz Dary cuenta que, para ella, el amor y la muerte son cosas que causan mucho dolor. Hace dieciocho años, mucho antes de que Doralba comenzara sus estudios de Reiki, mataron a un hermano suyo y la muerte golpeó fuertemente a la familia. Les dio mucha dificultad superar ese episodio tan doloroso. Mientras que, con ayuda del Reiki, la aceptación de la muerte de su sobrino se hizo más llevadera, porque “el Reiki le proporcionó a toda la familia paz y tranquilidad”, y al ver partir al joven de manera tranquila, les facilitó también soportar su muerte. “No es que no nos haya dolido la muerte, sino que pudimos tener mayor calma gracias al Reiki”, cuenta Luz Dary.
Un tiempo después de la muerte del niño, toda la familia se fue a pasear a las cabañas de Empresas Públicas en Coveñas. Cuando estaban en la playa, una niña salió del mar llorando, “a los gritos”, como cuenta Luz Dary. La había picado una aguamala y el dolor que le provocaba era muy fuerte. Doralba, que estaba presente, se quedó asustada por la reacción de la niña, acudió adonde ella y puso sus manos en los pies de la pequeña, que fue el lugar de la picazón. El poder sanador de las manos de la maestra Doralba, tranquilizó a la niña, que en pocos segundos dejó de llorar y se calmó; también había desaparecido el dolor. Luz Dary narra que todos los presentes quedaron impresionados por la manera en que la niña se tranquilizó.
Luz Dary dice que el Reiki lo que transmite es una energía. “Lo que Doralba hace es manejar las energías para poder sembrar la tranquilidad y la relajación, que es una parte primordial para soportar cualquier situación de adversidad”.
Doralba, por hacer una broma a su hermana dice que le debe varias cirugías. A Luz Dary le salió una bolita en el paladar superior. Su odontóloga le dijo que debía hacerse una biopsia, porque era algo muy extraño que podía ser maligno. Como Luz Dary es mamá de dos hijos, se asustó mucho y lo comentó a su hermana. Estaba muy asustada porque en su familia ya había muerto alguien por cáncer. Doralba le realizó a su hermana curación a distancia, que según la Maestra, “solo puede hacerse por medio del amor incondicional”. Este tipo de curaciones las realiza el maestro desde cualquier parte del mundo a una persona, transmitiendo la energía sanadora del universo. Cuando luz Dary acudió a su cita para la biopsia, el médico le dijo que no tenía nada. Doralba le dijo que le había hecho mucho Reiki, preocupada también por sus sobrinos. Desde eso, Luz Dary cuenta que nunca más volvió a aparecer la bolita en su paladar.
La Maestra Doralba, dice que el Reiki es una práctica complementaria de la medicina, no la sustituye, de hecho, menciona que “sería irresponsable que alguien dejara de ir donde el médico y sólo asistiera a Reiki”. “El tratamiento Reiki es a nivel físico, mental y espiritual. En la medicina tradicional, si una persona tiene un morado, le curan el morado, la herida o lo que tenga, y ya. Con el Reiki hay que ir hasta la raíz de la situación. Hoy por hoy la mayoría de pacientes de cáncer, de leucemia o de cualquier tipo de problemas, son pacientes que simplemente están somatizando dolores, tristezas, problemas, dificultades, emociones normales del ser humano, pero que no fueron evacuadas del cuerpo y de la mente adecuada y oportunamente”.
“Yo llevo seis años trabajando con el Reiki, cosa que no estaba planeada, porque además soy ingeniera de sistemas y no tenía nada que ver con el tema. Pero, finalmente la vida me puso en una situación que me llevó a realizar primer, segundo, tercer nivel de Reiki y por último la maestría”, cuenta Doralba, y agrega que “lo importante en el Reiki son la dedicación y las ganas de servir, sentir amor incondicional”.


El ahijado de Doralba, Pablo Botero, un joven que ahora tiene 17 años, padeció de leucemia cuando tenía 14. Doralba cuenta que fue una historia muy particular, porque hacía varios años su sobrino había muerto de leucemia.
Pablo padecía una enfermedad letal. Llevaba algún tiempo realizando quimioterapia, pero no parecía mejorar. La medicina intravenosa aplicada en los tratamientos de curación le provocaba un dolor inimaginable. Doralba ofreció realizar tratamiento de Reiki al joven. Pablo cuenta que, cuando oyó sobre esta práctica complementaria de curación se sintió muy interesado en ella, y curioso por saber de qué se trataba el asunto y expectante de que tal vez pudiera aliviar su dolor, accedió a realizar la terapia. Cuenta que la primera vez que acudió, lo hizo más por experimentar. La sesión le proporcionó la calma y la esperanza necesarias para superar su enfermedad.
Pablo dice que lo que se siente con el Reiki “es un relajamiento, un tratamiento de relajación”; sentía su cuerpo liviano cuando recibía el tratamiento, y despejaba su mente de todos los pensamientos, era capaz de dejar la mente en blanco.
Él siente que su vida ha cambiado después de haber recibido tratamiento con Reiki y siente ahora mayor tranquilidad. De hecho dice que desde el primer momento en que tuvo contacto con el Reiki sintió una energía diferente en su vida.
El Reiki, además de haber ayudado a la curación física de la leucemia de Pablo, colaboró con su sanación espiritual. Dice que en la parte en que más ha sentido la actuación del Reiki ha sido en su mente y en su espíritu, y siente que lo que más le ha brindado el Reiki es confianza. Pablo expresa que con el Reiki siente una energía de libertad, una paz interior.
El Reiki ha cambiado a Pablo como ser humano, él siente que ha cambiado su actitud frente a las otras personas, y que ahora es mucho más abierto, mucho más comprensivo. También lo ha enriquecido en su salud, en su vida diaria, en la paz que ahora siente, y asegura que su salud comenzó a mejorar desde el momento en que recibió Reiki. Le ha brindado alegría por haber superado su enfermedad y por ver los resultados que el Reiki ha logrado en él.
Pablo manifiesta que el Reiki le brindó la fuerza y la seguridad necesarias para recuperarse, y que igualmente ayudó a su familia, pues al ver su confianza, ellos también sintieron que debían tener esperanza. La buena energía que fluía a través de Pablo, se vio reflejada también en su entorno.
El Reiki jugó un papel muy importante para la curación de Pablo. Para él Reiki, no es simplemente una palabra en japonés, sino una esperanza de vida, una luz en el camino que le permitió volver a tener salud y le insufló seguridad propia.
“Él recibió muchas terapias, yo le hice energía a distancia. Luego lo visité en la clínica y después en la casa. Finalmente hizo el primer nivel y se hizo auto terapia”, cuenta Doralba. Agrega que “la leucemia es una enfermedad terminal, es un cáncer de médula ósea y él en este momento vive como una persona normal, no está en tratamiento. Le tuvieron que hacer quimioterapia y radioterapia; a él le practicaban esto cada dos o tres días, y yo le hacía siempre Reiki para que los efectos colaterales de la quimio y la radio no lo tumbaran, porque son tratamientos muy fuertes, deterioran mucho a las personas, y él se recuperó rápidamente”.
Doralba dice: “Para mí es muy interesante esta historia, porque a mí me tocó todo el rollo con mi sobrino que murió de leucemia. Los dos tuvieron él mismo tratamiento médico y mi sobrino no aguantó a pesar de haber sido muy sano, muy fuerte y muy lindo, pero llegó un momento en el que tuvo una crisis y se fue”.


Fue Beatríz quien busco el Reiki. Estaba atravesando una situación muy difícil, todo se le había juntado y ya no sabía que otro camino coger. Por medio de Doralba, gran amiga suya fue que pudo acceder a terapias.
Con el tiempo, el Reiki se le fue convirtiendo en una necesidad. Aunque los problemas se recrudecieron, ya no existía la angustia y en cambio contaba con la energía y la fuerza para resolverlos. Luego vino la época en donde cada cosa fue tomando su sitio, le resultó un empleo, se fue a vivir a otro lugar. Además, en ese tiempo estaba sola y consiguió pareja. Todo fue muy distinto, más satisfactorio. “Entonces yo empecé a pensar que el Reiki era una manera de vivir, una forma de situarse en el mundo, era un soporte para entender todo este tipo de situaciones.”
Una persona muy cercana a ella, con una adicción a heroína, iba a tener un proceso de hospitalización. No tenía ninguna posibilidad de recuperación. Entonces, Doralba y Beatríz pensaron que sería bueno hacerle terapia Reiki. “Eso igual si no le servía no le hacía daño. En el estado en que estaba ya nada más lo podía afectar. Entonces lo llevé, inicialmente, con su escepticismo, y la maestra Reiki le hizo una terapia muy larga. Respondió de una manera sorprendente, incluso asistió al Congreso de Heroinómanos de Psiquiatría como una experiencia positiva. Por eso es que yo digo que el Reiki es cambio, presencia y felicidad, es ver la vida con otros ojos.”
Beatriz comenta que “el Reiki no interfiere con las religiones, pero las religiones si interfieren con el Reiki. Cuando uno se mete con una filosofía como el Reiki, una filosofía oriental, el mundo y la percepción de mi misión cambian. Ya no es una concepción tan pegada a los preceptos religiosos, son unas cosas mucho más etéreas que puedes ir construyendo tú misma, y empieza uno a entender que todos pertenecemos a una misma religión porque todos perseguimos el mismo tema, llámese como se llame: Dios, fuerza; pero eso no significa que hay que buscarlo desde la religión. Cada uno lo encuentra.”
Su vida cambió. Dejó de lado los paradigmas y permitió que la energía fluyera a través de ella. Asumió una actitud distinta frente a los problemas. El viento la empezó a tocar de otra manera, se llenó de cambio, transformación y una felicidad enorme.
Sin embargo, hay quienes piensan que el Reiki es cuestión de fe. Luz Dary, la hermana de la Maestra, dice que “el Reiki funciona por la fe que uno le tiene, por la creencia que uno tiene en esa energía”.
Andrés, un iniciado en el primer nivel, cuenta que al principio fue muy duro creer en el Reiki, porque se confiesa un “escéptico a morir”. Sin embargo, dice que el Reiki le cambió su vida y su manera de pensar, y que finalmente comprobó que la energía del Reiki es realmente sanadora. Había tenido síntomas de paludismo durante tres días, y al tercer día se realizó una autosanación. Andrés afirma que “al otro día estaba perfecto y aliviado”, y que este tipo de situaciones aumentaron su fe.
Y tras un montón de experiencias y adversidades que combina el Reiki, Pablo expresa: “Somos familia, todos somos una sola fuente, no política, no alineación, no, nada de eso. Solamente somos seres humanos con una voluntad interna, primero de cambiar nosotros para llegar a otras personas, y ya de ahí, que se produzcan milagros que transformen al mundo”.

sábado, 11 de julio de 2009

Soy ladrona

Lo que uno escribe nunca le pertenece. Porque la inspiración siempre llega de algún lado, y no de uno. Proust, el novelista francés, salía a las calles en busca de inspiración cuando ya no tenía que más escribir en sus hojas. Porque “no hay nada en la mente que no haya pasado antes por los sentidos”, y todo lo que sabemos es lo que recordamos, y todo lo que escribimos es lo que sabemos y recordamos.

No puedo pretender recibir tomatazos o aplausos por un escrito, porque nada de lo que he escrito me pertenece, nada es mío, y violaría los derechos de autor. Cada texto proviene de alguna experiencia, que ya no es de mi propiedad, porque es pasada, y cuando escribo, lo que vivo es diferente del pasado. Además, admito, robo la vida de otras personas para escribir. He oído que el único pecado existente es el robo, todos los demás se derivan de él: el hurto de amor, el hurto de cariño, el robo de tristeza, o de experiencias… Pues bien, me confieso una ladrona, y lo grito a los cuatro vientos. Porque he robado el amor de otras personas para escribir, pero ese amor no me pertenece. He robado el odio, la rabia, para componer, pero tampoco son míos, son de otros.

Y ya que ando de buenas para las confesiones, quiero devolver mis textos a quien pertenecen. Porque me los robé y hace mucho tiempo. No los he devuelto, pero eso haré. “El caso bucólico”, pertenece a una Lina que quiso ser el jinete de “Carmen”, de Prosper Merimeé. Lo devuelvo, a la vieja España que hablaba vascuence, en épocas de gitanos y desamores, y a las buenas hierbas de Navarra. Esa historia la escribí con palabras que saqué de una sopa de letras, se la devuelvo a la sopa.

“La hora de mi muerte”, es de una Lina que odia su rutina, que necesita de la soledad para no ahogarse, que necesita del silencio. Toma, Lina.

Y para Jorge… pido muchas disculpas porque le robé muchos poemas. Ahora sé porqué se sentía falto de energías por aquellas épocas. Le devuelvo “Qué pocas épocas”, “Mi obsesión”, “Ahorita hablamos”, “¿Cuál es tu color favorito?”, “Yo se lo advertí y no me hizo caso” y “De la cabeza a los pies”. Ya entenderán porqué me siento tan culpable de mis hurtos.

Los dos “Sin título”, escritos en septiembre de 2008, son de Andrés. Ha pasado casi un año y aún los conservaba, ya son de él otra vez.

“Vinolencia en una noche decembrina” pertenece a un cuchillo, con ansias de asesinar, y recorrer los cuellos tibios, blanquecinos, en una noche decembrina. También le pertenece un poco a diciembre, por la violencia de su nombre, por el misterio que inspira, por la inocencia de quienes viven en ese mes.

“Escribir en un texto la vida” es de la Lina que anhela una muerte cuando siente que nadie puede conocer sus pensamientos.

Y ahora…ahora me siento mucho mejor. Tengo las manos vacías, sin nada que ofrecer, pero sin nada que deber.

Pido disculpas a todos los afectados por mis robos, y pido disculpas porque les seguiré robando, es mi deber, es mi trabajo, es mi labor. Soy ladrona y nada puedo hacer para acallarlo.

miércoles, 8 de julio de 2009

Historias que invitan a recorrer el mundo

Así como para el periodismo informativo existen incontables manuales, el periodismo narrativo carece de casi todos ellos. Escribiendo historias. El arte y oficio de narrar en el periodismo, del maestro Juan José Hoyos, es un compendio de claves para escribir una buena narración periodística.

No hay parámetros para establecer un tema que deba tratarse o no en una historia o en una crónica, salvo que despierte interés humano, haya conflicto, genere emociones y suspenso, y en esto también se parece a las narraciones novelísticas, pero el periodismo narrativo supera la ficción, para traer, a modo de cuento o historia una situación de conflicto que ha de ser noticia.

El tema asalta al periodista como si fuera un arte. Pero el periodista necesita salir a “gastar la suela de los zapatos”[1] para encontrar el dato, la acción, el lugar, los momentos precisos para su obra, porque el escritor carece de imaginación, y su invención tiene siempre que ver con la memoria, con lo que recuerda, “no hay nada en la mente que no haya pasado antes por los sentidos”.[2] La memoria nunca sustituye el ejercicio de observación directa de la realidad.

Y el escritor periodista, no es bienvenido por su escritorio hasta que no haya hecho un completo trabajo de campo, o ‘inmersión’ como lo llaman en periodismo investigativo. Es cierto que en periodismo un sólo dato falso desvirtúa el resto de datos que pueden ser verdaderos[3], pero además de eso, el estilo narrativo debe poseer una gran lista de detalles, un conocimiento a fondo del tema, porque se trata de que el periodista sea a la vez un actor de la historia y sobrepase la línea que le obliga a ser sólo investigador; para escribir una historia de periodismo narrativo es necesario “haber pasado un atardecer y un amanecer en el lugar”[4].

Además, por la vena de la descripción fluye la sangre del estilo narrativo, que se preocupa por minucias y detalles que muestran como un video la historia, que revelan al lector personajes y lugares y hechos reales.

La meta final del periodista es sumergirse tanto como pueda en la historia, y sólo cuando ya esté seguro de tenerlo todo, cuando la investigación tienda hacia los resultados ya conocidos, es bienvenido por su escritorio, por su hoja de papel y su lápiz. Ahí es cuando el periodista se pregunta cómo convertir la realidad en palabras.

La historia en el estilo narrativo debe tener un clímax para atraer al lector. Debe desarrollar un conflicto y posteriormente revelar una resolución de éste. El punto medio entre ambos momentos es el la cumbre de la montaña, el clímax, al que el lector ha llegado expectante por medio de una explicación de detalles sobre el problema alrededor del cual gira la historia. El texto debe contener tensión, para envolver al lector, y debe estar cargado de significación.

El estilo narrativo constituye además una buena manera de aprender la vida: hay que saber convertir los problemas en oportunidades. La realidad, que es la materia prima del periodista, es siempre cambiante, y el periodista no puede resignarse a hacer mala cara cuando el tiempo se opone a que desarrolle una historia, porque a cambio la realidad puede brindarle otra.

Juan José Hoyos invita a dejar un poco de lado la falta de detalles y la ausencia de sentimientos propia del periodismo informativo. A cambio, nos propone un periodismo narrativo, sensible, que despierta emociones, que hace vivir la historia entre sus líneas a quien la lee. La perfección en la narración periodística, la marca el respeto del autor por los hechos, poniendo siempre datos verídicos en su texto.

La inmersión la marca un deseo incontenible de saber todo sobre un tema, unas anisas de saber, y que Hoyos define como el único medio para lograr una narración periodística.

En la historia del estilo periodístico hay una voz principal, una voz en primera persona, de un narrador omnisciente, la voz del narrador. Pero también combina voces de personajes, que son personas de carne y hueso, y voces documentales. La historia se convierte en un popurrí de voces donde la voz principal y que dirige la orquesta es la voz del narrador.

El narrador juega con el tiempo, para contar también con su voz hechos pasados, hechos presentes y hechos que podrán llegar a ser en un futuro.

Las claves para una exitosa narración periodística las constituyen una investigación profunda y una ética periodística incorruptible. La ética es la vocación del periodista, e implica un respeto total por la fuente, un respeto por su intimidad, por su espacio, una búsqueda de verdad, una comprensión cabal de la historia, respeto por la distancia y ante todo responsabilidad y compromiso.

Hoyos, hace un acercamiento histórico a las formas narrativas en el periodismo, y explica también los cuatro procedimientos básicos del periodismo narrativo, conocido también como Nuevo Periodismo: construcción escena por escena, registro del diálogo, presentar la historia a través de los ojos de un personaje, y la relación de gestos cotidianos, hábitos, manera de vestir, costumbres, estilos, etc., que existen dentro de una escena. A partir de estas bases se puede construir una historia real, detallada y descriptiva.

Por último, Juan José Hoyos habla sobre la formación del periodista. La experiencia de cada escritor es diferente, dice Hoyos, y el escritor es también quien decide cómo comportarse frente a los hechos y personajes. El periodista amante de la narración se juega la vida a cada instante, pero sólo podrá aprender a dominarse tras largos años de oficio y aprendizaje.

Juan José Hoyos nos regala esta obra llena de mucha narración, nos invita a observar la realidad con detenimiento; nos enseña a convertir problemas en oportunidades, y a llevar su libro bajo el brazo, para que no llegue el diluvio y nos encuentre sin él.

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[1] Gay Talese
[2] Santo Tomás de Aquino
[3] Gabriel García Márquez
[4] Germán Castro Caycedo

LA PASTILLA CONTRA EL OLVIDO

Hace ya mucho tiempo que la escritura reemplazó a la memoria. Por alguna razón, el hombre ha tenido siempre una fobia indescriptible por el olvido. Comenzó con el dibujo y la escultura, dio origen a la historia con la escritura, inventó la prensa escrita y la radial. Sin embargo, su vida necesitaba ser plasmada de una manera más real, y para ello debía utilizar imágenes con movimiento. Los intentos por crear un aparato televisivo, que le permitiera al hombre recordar imágenes tal como si las viviera en su vida corriente fueron muchos. La televisión debía ser creada con el objeto de recordar al hombre su historia, enseñarle su presente y proyectarle su futuro, de una manera casi profética. Los medios de comunicación han sido un método de memoria histórica, y la televisión nació para sacudir al mundo, y de paso decirle los cambios tecnológicos y globales que se le avecinaban.

Primero fue la imprenta y luego el descubrimiento del electromagnetismo. Sin el cumplimiento de alguna de estas etapas, dar a luz a la televisión no hubiera sido probable, o quizá hubiera tomado mucho más tiempo del imaginado. Así como la radio es hija de la técnica y la invención del siglo XIX, la televisión es hija de los inventos de medios anteriores, la prensa y la radio, porque la televisión hibrida ambos genes.

Antes de la caja plástica con una ventana de vidrio (aunque ya se parece más a una hoja de papel que a una caja), la televisión pasó por una transformación quirúrgica importante. El primer dispositivo adecuado para reproducir imágenes fue el disco Nipkow, patentado por el alemán Paul Gottlieb Nipkow, en 1984, pero por fallas mecánicas imprevistas resultó por no funcionar. Luego, en 1923 aparecieron el iconoscopio y el tubo disector de imágenes, inventados por el ingeniero estadounidense de radio Philo Taylor Farnsworth. En 1926, John Logie Baird, un inventor escocés, creó un sistema de televisión que utilizaba los rayos infrarrojos para captar imágenes en la oscuridad. Sin embargo, sólo después de terminada la Primera Guerra Mundial, la televisión pudo tener un desarrollo, gracias a el invento de los circuitos eléctricos, los avances de la radio y la aparición de los tubos.

Las primeras emisiones públicas de televisión fueron efectuadas en 1927 en Inglaterra por la BBC, y en los Estados Unidos en 1930 con las cadenas CBS y NBC. Pero no fue sino hasta 1936 que comenzaron a emitirse programas y seriados, en Inglaterra, y en 1939 en los Estados Unidos. Sin embargo, la emoción les duró poco a los americanos, que debieron interrumpir sus programas durante la Segunda Guerra Mundial.

El primer canal comercial latinoamericano se fundó en México el 31 de agosto de 1950, y en 1952 se creó en España el canal Televisión Española (TVE). Para ese entonces, Colombia se encontraba en los albores de la guerra, sumergida en una dictadura – orgullosa de proclamarse la única interrupción de la democracia colombiana – bajo el despotismo del General Rojas Pinilla, adorado por las mujeres por haberles concedido el voto, y futuramente aclamado por traer la televisión a Colombia.

Rojas Pinilla había realizado un viaje a Alemania en 1936, y había quedado fascinado por el invento del nuevo siglo. Pero necesitaba el poder que le había concedido el golpe militar contra Laureano Gómez, para tener influencias que le permitieran introducir la televisión en Colombia. Un año se demoró la instalación de señal en todo el país, que comenzó en 1953. Para 1954 ya estaban a la venta los aparatos importados de Alemania y Estados Unidos, y se hicieron los primeros ensayos el primero de mayo, emitiendo señal entre Bogotá y Manizales. Las primeras imágenes de la televisión en Colombia, cual primeros pasos de un bebé, fueron una figura en movimiento y la portada del El Tiempo de ese día.

Pero la inauguración oficial se hizo el 13 de junio del mismo año, como un servicio prestado directamente por el Estado, y como celebración del primer año de gobierno del General Gustavo Rojas Pinilla. Se transmitieron las notas del Himno Nacional y luego habló el Presidente. Seguidamente se emitieron los primeros programas de entretenimiento, completando una emisión de tres horas y 45 minutos. Las clases más ricas – que casi siempre son las clases políticas y dirigentes – ya gozaban de un moderno cubo con imágenes y sonido en la sala de sus casas. En ese año se crearon los primeros canales públicos, que estaban (y acaso no han dejado de serlo) enormemente influidos por el gobierno.

Durante el primer año de tiraje televisivo, se emitieron programas culturales y educativos, y básicamente estatales. En 1955, el Gobierno Nacional decide abrir un espacio para los comerciales, y la Empresa de Televisión Comercial (TVC) se hace cargo. La empresa tiene como socios a las programadoras RCN y Caracol, y alquilan espacio para las entidades interesadas en transmitir algún magazine, programa o concurso.

En mayo de 1958 se hace la primera transmisión a control remoto, emitiendo La Novena Sinfonía de Beethoven desde el Teatro Colón en Bogotá. Este fue un paso grande, que daría pie a futuras emisiones a distancia.

En 1963 se crea el Instituto Nacional de Radio y Televisión (INRAVISIÓN), que dependía del Ministerio de Comunicaciones, y que tendría autonomía patrimonial, administrativa y jurídica frente al aparato televisivo. El primer director del Instituto fue Cesar Simmods Pardo.

En la década de los sesenta se comienzan a realizar programas de entretenimiento. Gracias a esto surgen más canales, como Teletigre, que ahora se conoce como Institucional, y más programadoras. En ese tiempo existían únicamente dos canales, que cobraban a las programadoras para que éstas transmitieran su programación. Algunos de los más importantes programas de la época fueron las telenovelas El hogar y Hechizada.

La televisión a color se inventa en 1970, pero llegó nueve años más tarde a Colombia – como todo en el país –, en 1979, mucho tiempo después de que el resto del mundo y los del otro lado del charco se hubieran acostumbrado a ver las imágenes de sus cajas plásticas a color. La demanda de televisores se incrementa exponencialmente, y el televisor se vuelve una máquina, si bien más apetecible, más asequible. Aquí fue cuando las noches de lectura familiares se convirtieron en noches televisivas familiares.

La venta de espacios por parte de los canales públicos aumentó con la televisión a color, y esto colaboró a que las programadoras se independizaran un poco del Estado (pero no por ello dejaron de hacer la voluntad del Gobierno de vez en cuando). Por esa época nacen los primeros canales informativos y nace también el Canal 11, conocido hoy como Señal Colombia.

Las programadoras más destacadas de esos años eran Caracol, RCN, Producciones Jes y Colombiana de Televisión. Sólo en 1997, se abrió licitación para crear canales privados de televisión, y las únicas propuestas que se aceptaron fueron las de RCN (Propiedad del grupo Ardila Lulle) y Caracol (propiedad del grupo Santo Domingo), que gozan de la mayor audiencia en el país.

Pero aparte de la historia, y recordando un poco la tesis sobre la memoria, tiene cabida hablar sobre la programación de la televisión. En su ejercicio de no querer olvidar, el hombre hace todo lo posible por tener ante sus ojos la solución del recordar. Y esto es lo que ha pasado precisamente con la caja de imágenes.

En un país que es escenario propio de la corrupción, de las guerras civiles, de la violencia, el telón del recuerdo de abre con las telenovelas, y el acto primero, primera escena, es presentada por los noticieros de los canales nacionales.

La agenda mediática nos mantiene al tanto de lo que pasa, pero la polarización de los diferentes canales frente a un hecho, obligan al hombre a crear historias que cuenten la realidad de una manera detallada. Es entonces cuando nace la telenovela, que adopta los rasgos de una realidad mediática.

La telenovela llega para hablarnos del vivir diario de las clases sociales bajas, que son las víctimas de los noticieros televisivos, y que se espectacularizan al punto de perder veracidad. En la novela ocurre un retroceso que vuelve a la verosimilitud, a la situación que no fue vista en el noticiero. La novela muestra también a la madrastra malvada que se apropia de la herencia, al empresario soberbio por su riqueza, a un ejército muchas veces incomprensivo.

Un ejemplo de ello es Café, que narra la historia de una mujer recolectora de café, que se enamora de un empresario cafetero. En la época de los noventa, la novela salió para representar a una Colombia exportadora del grano de café, y a una historia típica sobre un amor imposible. Como si fuera poco, el temor al olvido tira la misma novela de tiempos pasados, ahora antes del noticiero de las siete.

Y la comedia se combina como la olvidofobia, como con la novela ABC, que además de contar la historia de inversiones DMG, un hombre que salió de los suburbios para convertirse en un adinerado con un Jaguar, la satiriza.

Sin embargo, el colombiano que tan orgullosamente se queja de su paupérrima televisión es el que la mantiene viva. Es cierto que la televisión colombiana cojea, pero la audiencia hace las veces de muleta. Sencillamente porque no puede evitar mirar las imágenes de su aburrida realidad, convertida más en un cuento de hadas que en una telenovela.

Los seres humanos estamos condenados a olvidar, es nuestro destino, es nuestra naturaleza. Pero no podemos olvidar lo que propiamente no conocemos. Los políticos existen porque los medios los muestran, las guerras existen porque los medios las muestran, y así pasa con casi todo. Y esa pastilla que nos dan en el noticiero, nos la dan con una dosis más larga en las telenovelas.

No se trata de criticar la remembranza que nos trae la televisión con sus novelas y con sus noticieros. Sino de que, si por lo menos no queremos olvidar, recordemos algo que tenga calidad. Olvidar, de vez en cuando, es saludable.

lunes, 6 de julio de 2009

"Por el libre desarrollo de la personalidad"

ENTREVISTA CON CARLOS GAVIRIA
Por: Lina María Moreno Restrepo
linis_m91@hotmail.com

Carlos Gaviria, considera que el uso de las drogas debe estar sustentado en el artículo 16, que reza el libre desarrollo de la personalidad, y que la privación de la libertad no es el medio para tratar al adicto.

Carlos Gaviria es abogado de la Universidad de Antioquia. Se estableció como magistrado de la Corte Suprema de Justicia, y en 1994 lideró la despenalización de la dosis personal de droga.
Su ideología liberal, lo ha llevado a defender en numerosos debates el consumo de droga, teniendo no pocos enfrentamientos.
Desde que el presidente Álvaro Uribe llegó a la presidencia, ha hecho incansables intentos por volver a penalizar el uso mínimo de droga, al punto de habérsele convertido en una obsesión, como lo dice Gaviria.
Carlos Gaviria, habló de porqué considera que el uso de las drogas debe ser legal y despenalizado.



Lina Moreno: En primer lugar, sugiero que se haga una breve reflexión sobre cómo ha sido el debate que se ha dado en el país con la dosis personal, y cómo han sido los matices.
Carlos Gaviria: Todo esto hay que marcarlo dentro de lo que es la lucha contra la droga. Pero de otro lado hay que tomar en cuenta lo que es, desde el punto de vista del consumo, la preservación de la autonomía de la persona. Yo fui ponente de la sentencia que despenalizó el consumo de la dosis personal de droga en 1994, es la sentencia 221 de 1994. Lo que se propuso en la Corte fue una demanda contra uno artículos del Estatuto Nacional de Estupefacientes, que contemplaba bienes privativos de la libertad o tratamiento forzado para los consumidores de droga. La Corte analizó el problema a la luz de la constitución de 1991, y llegó a la conclusión de que hace parte de la autonomía personal, lo que la Constitución consagra como libre desarrollo de la personalidad, que una persona pueda consumir droga sin que sea sancionada penalmente.
Es un debate bastante viejo, de lo que permanentemente cobra actualidad y entre nosotros muy especialmente, porque el doctor Uribe ha hecho de esto una obsesión. Prácticamente, desde que llegó a la presidencia, ha hecho varios intentos por volver a penalizar el consumo de droga, y pienso que la opinión pública colombiana ha cambiado tanto, que a pesar de todo el poder que tiene el doctor Uribe, ha sido difícil introducir ese cambio constitucional.
En este momento creo que lo que pretende es, desistiendo ya de las penas privativas de la libertad, obligar al drogadicto o al consumidor de droga a que se trate, lo que también me parece que es atentatorio contra la autonomía de la persona.
Naturalmente que, las dos posiciones frente a la droga, y específicamente frente al consumo son: una la vía de la penalización, y otra, la vía que la Corte considera mucho más acorde con lo que es una democracia, con lo que es la propia Constitución Colombiana de 1991, que es la educación y las medidas preventivas y de salud pública. De modo que, a pesar de que la Corte no se ocupó de la producción ni del comercio, porque ese no era tema suyo, lo que se demandó fueron los artículos que hacen relación al consumo.
Hay un mensaje claro, en el sentido de que la lucha contra las drogas, específicamente contra el narcotráfico, por la vía coactiva ha fracasado, y es necesario buscar otras formas, que son simultáneamente más eficaces y más amables, más a tono con lo que es una democracia.

L.M.: ¿Qué opina de la decisión del Presidente de presentar por sexta vez un proyecto de ley que penalice el consumo de la dosis mínima?
C.G.: Yo creo y digo lo siguiente: por una parte, el doctor Uribe es una persona de una mentalidad muy conservadora, y desde luego, dentro de la mentalidad conservadora no cabe la idea de que las drogas puedan combatirse de una manera pacífica con medidas educativas y con medidas de salud pública que con la coacción. Pero hay incluso algo que han subrayado algunos periodistas, y es que como entre él y yo ha existido una relación que en algún tiempo fue cordial, pero que siempre ha sido tensa, en el sentido de que hemos estado ubicados en dos campos ideológicos muy distintos, él prácticamente ha hecho de eso un conflicto de orgullo; y cada vez que se revela una nueva discrepancia entre él como gobernante y yo como dirigente de oposición, entonces él amenaza nuevamente con que va a penalizar el consumo de droga, y eso se ha vuelto una obsesión. Y es muy posible que, teniendo una mayoría tan grande como la que tiene el Congreso, ahora lo consiga, pero lo que yo quiero decir es que ese es un retroceso significativo. El ex-presidente César Gaviria, que era presidente en el momento en que se dictó la sentencia, que fue en mayo de 1994, amenazó con que se iba a convocar un referendo con el objeto de que se volviera a penalizar el consumo de droga. Sin embargo ha pasado el tiempo, quince años, y el doctor Gaviria en este momento es uno de los abanderados, con Eduardo Enrique Cardozo, el ex-presidente del Brasil, y con otros dirigente políticos importantes de Latinoamérica, que se han hecho a la idea de que la lucha contra las drogas por el camino de la coacción no ha rendido frutos, y están pidiendo que se revise la política frente a las drogas a nivel internacional, y específicamente han pedido que se despenalice el consumo de la marihuana.

L.M.: Para muchos, la opinión del presidente Uribe es radical, porque sólo trata de lo punitivo y de lo que se debe sancionar ¿Qué opina usted de la tesis del presidente?
C.G.: Él tiene una mentalidad, ideológicamente, muy conservadora, que lo lleva a preferir los métodos coactivos a otros métodos más a tono con la democracia; y que en la medida en que se ha agudizado más el enfrentamiento ideológico entre él y el Polo, entonces queda más intensificado su propósito de volver a penalizar el consumo de la dosis mínima.

L.M.: ¿Cómo se siente de ser considerado abiertamente por la opinión pública, como un representante defensor del consumidor?
C.G.: Me siento sumamente bien, porque yo profeso una filosofía política liberal, en el sentido en que hay que defender las libertades públicas y los derechos individuales; y hace parte de esa defensa, la defensa de la autonomía personal, que por primera vez se incorpora a nuestra constitución bajo el nombre, en el artículo 16, del libre desarrollo de la personalidad. Yo pienso que por una parte esas medidas (penalizar el consumo de droga) son ineficaces, como lo he dicho, pero por otra parte, atentan en materia grave contra la autonomía de la persona. Es posible desestimular el consumo de droga, porque es que yo no considero que el consumo de droga sea deseable, de ninguna manera, sino que una conducta como esa, que es indeseable, puede desestimularse mediante instrumentos mucho más a tono con la democracia e instrumentos más amables que la privación de la libertad.

L.M.: ¿Cómo interpreta usted al colombiano común y corriente, que hasta cierto punto es moralista y en cierto modo conservador frente a las costumbres, y que en algunos debates defiende la libertad absoluta, por ejemplo frente a temas como el aborto o el consumo de estupefacientes?
C.G.: Yo no creo que sea una libertad absoluta, porque ningún derecho es absoluto; todo derecho está sometido en su ejercicio a unas ciertas condiciones. Por ejemplo, el consumo de droga está sometido a muchos condicionamientos: que no se siga una molestia contra la paz de la gente, contra la tranquilidad del hogar, que la gente no vaya a consumir droga en lugares donde se interfiera con la vida tranquila, con la vida pacífica, que no se haga en el trabajo, etc. El doctor César Gaviria decía en ese momento que si entonces los pilotos iba a poder conducir los aviones después de haber consumido coca o marihuana, y decíamos que de ninguna manera, de la misma manera en que a pesar de que el consumo del licor es libre en Colombia, no es posible que una persona conduzca un avión en ese estado. Tanto los manuales de convivencia de los colegios, como los reglamentos de trabajo, tienen que proscribir ciertas conductas para que el trabajo sea eficaz y que no implique ningún riesgo.
Me parece que hay muchas personas que, siendo de mentalidad conservadora, empiezan a defender el consumo no penalizado de droga, porque la propuesta es bastante razonable. No se trata de decir que las personas consuman, sino que no hay derecho a que si una persona consume droga y lo hace de una manera que no atente contra la libertad de los demás, ni contra los derechos de los otros, sea penalizado. No me parece que ese tipo de conductas deba ser parte del código penal. Nosotros tenemos, infortunadamente, en Colombia, una tendencia que consiste en que cada vez que encontramos que hay una conducta socialmente indeseable, entonces pensamos que la mejor manera de combatirla es convirtiéndola en delito; y si ya es delito, entonces la mejor manera de combatirla es duplicando la pena. Yo creo que hay que apelar a medidas que están mucho más a tono con lo que es la democracia, y el gobernante en una democracia tiene que ser más imaginativo, que el déspota y el dictador al que se le ocurre que todo lo que es indeseable o socialmente dañino, es necesario combatirlo con la cárcel. Nosotros pensamos que la educación es sumamente pertinente en este caso. No porque yo crea que toda la persona educada, que sabe que del consumo de droga se siguen consecuencias nocivas para su salud, se va a abstener de consumir, pero el Estado si está, al menos, en la obligación de suministrarle a la persona una información suficiente para que su decisión de consumir o no consumir sea una decisión libre.

L.M.: ¿Qué réditos o qué ganancia política puede tener en tiempos como estos, que nos preparamos para elecciones presidenciales, una propuesta de legalización del consumo de estupefacientes?
C.G.: Yo no he hecho ese tipo de cálculos, porque yo tengo frente a la política una actitud muy distinta. Yo pienso que no es legítimo mentir para conseguir votos, y después, cuando se esté en el gobierno, decir que lo que se dijo en la campaña carecía de valor. Yo he defendido muchas conductas o muchas medidas que son, impopulares, pero creo que lo más honesto es que, incluso dentro de una campaña política se contribuya a la moralización de una sociedad, mostrando qué conductas son realmente dañinas y cuáles no lo son, y si hay discrepancias y éstas se traducen en renuencia a votar por uno, pues ese es el costo que debe pagarse.

L.M.: Si usted fuera un padre de familia, con un hijo consumidor ¿Qué haría? ¿Cómo actuaría como padre y cómo como político?
C.G.: Exactamente de la misma manera. No me gusta citar ejemplos personales, pero en mi casa nunca ha estado prohibido nada, ni el consumo de licor ni el consumo de droga, nada. La consecuencia ha sido que de mis hijos, ninguno consume licor, ni ninguno consume droga, y no porque se les haya prohibido, sino porque en realidad han optado por no consumir, por la educación que se les ha dado sin reprimirlos y sin prohibirles. Muchas veces se busca la conducta prohibida en la medida en que está prohibida.

L.M.: ¿De dónde se tomó la idea de la despenalización del consumo de droga, de otro país, o la idea siempre había existido?
C.G.: La Corte no es que haya decidido por su cuenta el tomar esa desición. La Corte Constitucional actúa a solicitud de sus ciudadanos. Una de las funciones que tiene la Corte es, cuando un ciudadano demanda una ley por considerar que viola la Constitución, examinar si en realidad esa ley viola o no la Constitución. Y por tanto, la Corte Constitucional, lo que hizo en ese momento fue eso, respondiendo a una demanda ciudadana, llegó a la conclusión de que algunas normas del Estatuto Nacional de Estupefacientes, que castigaban con penas privativas de la libertad el consumo de droga, atentaban contra la libertad personal bajo el rubro de libre desarrollo de la personalidad, contra la autonomía de la persona. Ordinariamente, se piensa que el narcotráfico se sigue de la convivencia con las drogas, cuando el narcotráfico se sigue más bien es de la represión contra las drogas, el comercio y el consumo.

L.M.: ¿En la agenda política del país, en medio de la actualidad política que se prepara para elecciones, qué importancia y qué orden de prioridad tiene el debate de la droga?
C.G.: Yo creo que el debate sobre la droga tiene que hacer parte de la agenda de todo partido político, porque es un problema que es universal, y ese es el problema del narcotráfico, que ha permeado a Colombia. El consumo es apenas una de las fases del narcotráfico y a nuestro juicio, las políticas represivas en el campo del narcotráfico, lo han estimulado. Concretamente, el narcotráfico subsiste porque la droga es cara, y la droga es cara porque su comercio está prohibido. Si el comercio no estuviera prohibido, entonces la droga no sería cara y por tanto no se derivarían de su comercio las ganancias que hoy se derivan. Sería lo mismo que una persona comprara una determinada cantidad de cocaína, o una cantidad determinada de marihuana, que comprar en una licorera una botella de whisky o una botella de aguardiente, que no se mira mal, a pesar de que los efectos nocivos del alcohol son incluso peores que los efectos de la droga. Lo que sucede es que somos muy conniventes y muy tolerantes con el alcohol, estamos metidos dentro de una cultura alcohólica, entre otras cosas porque el propio Estado ha derivado beneficios de la venta de licor.
Yo cito en la sentencia una reflexión de Octavio Paz, que decía que entre nosotros, que somos tributarios de la cultura occidental, y que la cultura occidental posiblemente tiene sus raíces en Grecia, y que en Grecia los diálogos platónicos transcurrían mientras se consumía vino, y eso nos ha hecho bastante tolerantes con el alcohol. Mientras que la droga, se ha vinculado mucho más con el oriente, los viajes internos y las experiencias interiores; entonces Octavio Paz dice que entre nosotros, el que consume licor está en su ley, pero el que consume droga es un heterodoxo. Entonces, son asuntos, limitaciones, condicionamientos culturales contra los cuales también hay que luchar.

L.M.: En su momento, Carlos Ossa Escobar, que fue contralor, fue sorprendido con un puchito de marihuana y tuvo que admitir que consumía. ¿A un político, que es una figura pública, que tiene representación popular, se le debería exigir no consumir? ¿Cómo aparece como una figura pública que consume?
C.G.: Yo pienso que todo esto hace parte de una transformación de la cultura. Yo fui quien promovió el nombre de Carlos Ossa para que fuera ternado para la contraloría. La Corte Constitucional, incluyó en la terna para contralor a Carlos Ossa, y en eso intervienen además el Concejo de Estado y la Corte Suprema de Justicia. Lo hice por dos razones: primero porque considero que es una persona competente para desempeñar ese cargo y creo que lo desempeñó bien. Pero en segundo lugar, para desestigmatizarlo. No hay derecho a que por las circunstancias, de que a una persona en el equipaje le encuentren un pucho de marihuana, esa persona quede inhabilitada para ejercer cargos públicos. Si le encuentran una botella de whisky no pasa nada, y por tanto ser borracho no pugna con el desempeño de funciones públicas; pero consumir un pucho de marihuana sí. Yo pienso que es necesario hacer una claridad, yo creo que eso contribuye a un cambio provechoso en la conciencia social, no se puede inhabilitar a una persona por una circunstancia de esa naturaleza. Si es que los funcionarios públicos tienen que ser ejemplo de conductas que no deban ser reprochables, fíjese en lo que está pasando con el Presidente de la República, con el gobierno actual. Yo creo que a nadie le queda duda de que hubo cohecho, de que hubo soborno, de que hubo ofrecimientos ilegítimos para obtener votos en la primera reelección del doctor Uribe, entonces de ahí el colombiano extrae como conclusión que es legítimo sobornar, que es legítimo comprar conciencias con el objeto de conseguir bienes que se consideran deseables. Eso sí me parece a mí completamente perjudicial. Pero que una persona sea sorprendida fumando marihuana, no me parece que deba ser socialmente sancionado siquiera, a no ser que esa persona, en la circunstancia de fumar marihuana, se derive una conducta antisocial, agresiva. Pero hay muchas personas que consumen la droga pacíficamente y eso hace parte, justamente, de su intimidad, de su autonomía y de su libertad personal, y me parece que eso también hace parte de la educación que a la gente debe darse.

L.M.: Si se legalizara el consumo de droga, el Estado tendría que responder también por los tratamientos y tendría que hacerse responsable ¿Cómo consideraría usted ese hecho?
C.G.: Es que yo no parto de la base de que si se legaliza el consumo de droga, el consumo se va a disparar, porque la legalización tiene que ser coetánea a medidas preventivas, a medidas educativas y por tanto no creo que fuera a dispararse la necesidad de que muchas personas fueran tratadas en hospitales o en entidades públicas de salud. Vivir en sociedad implica siempre riesgo, entonces nosotros podríamos decir que como hay tantos accidentes de tránsito, sería mejor prohibir el tránsito de vehículos motorizados por la ciudad para que el Estado no tenga que enfrentar muchas veces los tratamientos que se siguen por accidentes de esa naturaleza. Yo creo que las conductas socialmente nocivas o peligrosas hay que tratarlas de manera razonable, y desde luego que el Estado tiene que enfrentarse a ciertos riesgos. Pero uno de los retos o desafíos que la democracia acepta, es que las personas gocen de un buen margen de libertad, así se sepa que del ejercicio de ese margen puedan seguirse conductas que el Estado tenga que atender.

L.M.: La dosis personal establecida de marihuana es de 20 gramos. Sin embargo, este valor es muy arbitrario y depende mucho de la persona, pues mientras unos se drogan con 5 gramos, otros pueden apenas llegar a ese estado con 40 ó 50 gramos. ¿Cómo se estableció esta cantidad?
C.G.: Es que es arbitrario incluso establecer dosis, porque cuando a mí me preguntaban que si me parecía que una persona podía drogarse hasta sumirse en la inconsciencia y suicidarse, yo decía que no, que incluso lo que se despenalizó fue el consumo de una dosis mínima o el porte de una dosis mínima; y yo preguntaba que cuál es la dosis mínima en materia de licor, la gente toma es para emborracharse, y a una persona, si se toma más de una botella de whisky o de aguardiente no la sancionan en absoluto; la sancionan si de ese estado de embriaguez se siguen conductas delictuales como riñas, lesiones personales, homicidios, o una persona que conduciendo ebria atropella a alguien, a esa persona hay que sancionarla, pero no por haber estado ebria, sino por haber atentado contra la vida de alguien. De modo que hay que subrayar algo importante, y es ¿de qué manera somos mucho más tolerantes con el alcohol, que también es una droga, que con la marihuana y con la cocaína, porque ni siquiera hay límite para el consumo de licor?

sábado, 4 de julio de 2009

Escribir en un texto la vida

¿Se puede escribir en un texto la vida?
Hay veces en que me lo pregunto. Hay veces en que intento hacerlo. Escribir mi vida en versos efímeros, que nada valdrán, que nada lograrán.
Para qué gasto mi tiempo escribiendo, si nadie podrá leer el veneno en la tinta, nadie puede saber el fulgor de las palabras que se encuentran en el papel. Ni las plumas rotas por el intento de escribir. Ni las lágrimas que emborronaron las letras escritas con esmerada caligrafía. Nadie puede conocer el video que hay en mis pensamientos, ni el odio, ni el rencor, o el amor con que escribo.
Nadie puede sentir correr la sangre por las venas de la manera en que yo lo siento cuando escribo. Ni nadie puede sentir que se le hinchan las sienes por la ira, ni nadie puede entender la violencia de mis pensamientos. Ni las ganas de suicidio, ni mis intentos frustrados de asesina.
Se puede escribir la vida en un papel, escribirla, pero no leerla. Y menos vivirla. Puedo escribir la melodía que oigo en mi memoria, pero analfabetas en el pentagrama ignoraran su sonar.
¡Tantas veces he intentado escribir mi vida!
Pero los intentos son infructuosos. Para qué escribir lo que ya se ha vivido. Con una vez es suficiente, y la vida de por si es una novela larga que trae consigo muchos capítulos.
Cuando escribo sobre cuchillos suena a poesía, hablo es de mi suicidio. Cuando escribo de amor, suena a melodía, me refiero es al sufrimiento. Sólo coincido cuando escribo de muerte, porque hablo es de mi muerte.
Pero sólo quien escribe su vida, es capaz de leer partituras.

Vinolencia en una noche decembrina

En la mesa relucían sus dientes plateados; su lámina alumínica brillaba con la luz tenue del comedor. Sus ansias de vino eran incontenibles, un instinto salvaje; de ese vino que acelera los latidos, de ese vino que hincha la cabeza, de ese vino que solloza cuando fluye y que grita cuando lo dejan liberarse.

Soñaba con recorrer lentamente la piel, una tez blanca, un cuello desnudo, en una noche decembrina. Oír el quejido agridulce de dolor de su víctima. Quería abrir un camino por el que fluyera el vino, como agua de un río, por la nuca de ese ser que gritaba apesumbrado en la noche. Y sentir su desmayo, su desmadejo en la calle, en un callejón oscuro, a media noche, bajo una luna llena decembrina. Y oler el vino que riega las flores del asfalto. Deseaba degustar el etílico, embriagante, adictivo sabor del vino, que tiñe los dientes de rubí.

Sus dientes perlados se deslizarían alegremente sobre ese desierto blanco, su lengua probaría el elixir, que le produciría un éxtasis impropio en su especie.

Y tendría una noche encantadora, bañado en vino, reluciente como rubí, en una noche de luna llena decembrina.

Tras la resaca, por el vino embriagante, tendría que afilar sus dientes otra vez. Volver a sentarse a la mesa, sentir las ansias nuevamente sobre el mantel, de probar el vino en otra noche decembrina.

jueves, 2 de julio de 2009

Lo siento

Lo que pasa es que como ya no estoy enamorada (yo cambio de opinión en sólo segundos), no he vuelto a escribir. No me gusta la idea, porque ahora ya no tengo inspiración. Y como carezco de ella, me dediqué más bien a estudiar, al oficio, como dicen.
La cosa es que el oficio es chévere. Estar enamorado no es chévere. Excepto por la inspiración para escribir estupideces y por la manera en que uno mata el tiempo; y más que la manera, por la ignorancia, por la indiferencia con el tiempo. Que por cierto es a lo que más le temo, al tiempo, al reloj, a los segundos, a las horas, que se vengan a veces de mí, repitiéndome cosas que no quiero oír más. Eso sí, ya les dije cual era mi punto débil, pero no lo usen en mi contra; en serio, el tiempo ya me hizo la maldad por ustedes.
Bueno, espero tener próximamente un amor de verano. Aunque sea para darle comida al blog.

miércoles, 1 de julio de 2009

Nuevas fotos

Nuevas fotos en flickr.com
http://www.flickr.com/photos/lina_moreno/

viernes, 26 de junio de 2009

“SE DEBE PENALIZAR AL EXPENDEDOR, NO AL CONSUMIDOR”: FABIO HUMBERTO RIVERA

Por: Lina María Moreno Restrepo
linis_m91@hotmail.com

Fabio Humberto Rivera, opina que se deben penalizar el tráfico y el expendio de drogas, no el consumo; y que al consumidor, el Estado debe brindarle tratamientos de obligatorio cumplimiento.

El tema de la dosis personal ha sido objeto de debate desde hace ya mucho tiempo.
En 1994, el ex-magistrado y ahora presidente del Polo Democrático, Carlos Gaviria, logró que se despenalizara su consumo. Por otro lado, el Presidente Álvaro Uribe, ha presentado ante el Congreso, cinco veces un proyecto de ley que penalice la dosis mínima, y quiere tener una sexta oportunidad.
Mientras tanto, numerosas encuestas manifiestan cifras aterradoras sobre el uso de drogas: según un informe del diario El Espectador, cuatro millones de colombianos han consumido drogas alguna vez, y entre ellos, 65.000 son menores de edad[1]. Un estudio del Ministerio del Interior y de Justicia aplicado a 30.000 habitantes, reveló que el 9.1% de la población encuestada (12 a 65 años) ha consumido drogas ilícitas por lo menos una vez en la vida[2]. El hecho se vuelve cada vez más preocupante.
Fabio Humberto Rivera Rivera, médico y presidente del Concejo de Medellín, habló sobre el tema de la dosis mínima y el uso de drogas en la ciudad.

Lina Moreno: ¿Qué opina de la decisión del Presidente de presentar por sexta vez un proyecto de ley que penalice el consumo de la dosis mínima?
Fabio Humberto Rivera: Históricamente, Colombia ha sido un país que trafica cantidades enormes de cocaína, heroína y marihuana para el resto de países del mundo. Pero a medida que pasan los años, Colombia se ha vuelto también un país consumidor.
Medellín es la ciudad de mayor consumo de marihuana en Colombia y le sigue Cali, según un estudio presentado ayer en televisión.
Yo soy médico y creo que meter a la cárcel a una persona porque consume marihuana, consume coca o bazuco, no es la solución. A los consumidores se les debe tratar como personas adictas, y por lo tanto el sistema de salud debería tener propuestas para dar tratamientos a estas personas, más que una ley para penalizarlos.
Sin embargo, también hay que buscar una normatividad que permita penalizar a quienes, escudados en la dosis personal, mantienen 4 ó 5 dosis para venderlas. Hay que coger esas casas de vicio.
Al vendedor se le debe penalizar. Al consumidor, al que es adicto, se le debe tratar en el sistema de salud.

L.M.: En Colombia, por un lado se lucha para erradicar los cultivos ilícitos, pero por el otro se permite el consumo de la dosis personal ¿Qué se debe hacer para tener un equilibrio?
F.R.: A un adicto, que es un enfermo, no se debe tratar con la cárcel, hay que garantizarle salud.
Hay que meter a la cárcel es a quien escudándose en la norma, busca mantener pocas dosis y cuando lo cogen se justifica diciendo que es su dosis personal, cuando lo que está haciendo es vendiendo. A ese sí hay que perseguirlo. Al que trae la cocaína y la marihuana para que se vendan en Medellín y a las casas de vicio, también hay que perseguirlas.
Si perseguimos todo el tráfico, toda la cadena y la combatimos, la contrarrestamos, la penalizamos y la llevamos a la cárcel, con absoluta seguridad esto ayudará también a que el sistema de salud pueda tratar al que es adicto.

L.M.: ¿Cómo se ha tratado el tema de la dosis en el Concejo?
F.R.: Hay gente radical que considera que al consumidor también hay que penalizarlo. Yo soy médico y no podría aceptar eso: que alguien que sea adicto a la marihuana haya que meterlo a la cárcel. Pero si ese adicto a la marihuana es a su vez el traficante, hay que llevarlo a la cárcel, pero no por adicto sino por traficante. Hay que penalizar es el tráfico, el negocio de la droga, toda la cadena, mas no al adicto, al adicto hay que tratarlo como enfermo.

L.M.: ¿Es válido justificar el consumo de droga con el artículo 16, que habla sobre el derecho del libre desarrollo de la personalidad?
F.R.: Consumir droga está prohibido y no debe estar apoyado sobre la tesis de Gaviria, de que por derecho al libre desarrollo uno puede hacerlo. Eso no es libertad, es libertinaje. El consumo de droga hay que evitarlo. De la misma manera en que en muchos lugares del mundo está prohibido el consumo de cigarrillo en espacios públicos. Pero el problema no se resuelve metiendo a la cárcel al adicto, el problema hay que resolverlo en su raíz: tráfico, negocio, venta, expendio… y hay que cortar la posibilidad de que el traficante, que es delincuente, se escude en la dosis personal para vender droga. Ahí está el meollo del asunto: el Gobierno Nacional quiere penalizarla porque la mayoría de los que expenden droga, se refugian en la dosis mínima para eludir su responsabilidad ante la Policía y la Fiscalía.

L.M.: ¿Qué opina del paternalismo del que habla Carlos Gaviria para defender el consumo de la dosis mínima?
F.R.: Un país sin normas es anárquico. Los seres humanos tenemos que estar regulados.
En lo social, yo soy de izquierda: reclamo seguridad social, educación gratuita para todos, universidades públicas, un pensamiento social. Pero creo que tengo mucho de centro en el tema de la autoridad, no soy de los que consideran que a los colombianos hay que dejarlos hacer lo que quieran, ni que la comunidad manda así mande mal. Por ejemplo, en una casa que no hayan normas ni autoridad, habrá desorden. Quienes consideran desde la academia que a las personas se les debe dejar hacer lo que quieran, están equivocados. Las normas tienen que existir, un país sin normas entraría en una anarquía.

L.M.: ¿Debería el Estado obligar al consumidor de droga a recibir tratamiento médico?
F.R.: En eso estoy de acuerdo con Fabio Valencia: el adicto debería recibir tratamientos de obligatorio cumplimiento. La libertad de las personas no debe ser tal que permita que se dañen a sí mismos y dañen a los demás. La libertad en un estado social de derecho llega hasta donde empiezan los derechos del otro. La libertad hay que entenderla como no permitir hacerse daño a sí mismo ni a los demás.

L.M.: ¿Qué opina del uso medicinal de las drogas?
F.R.: Yo soy médico occidental y tradicional, no yerbatero, pero respeto a quienes hacen medicina desde las plantas, desde que estén basados en el estudio y análisis de las propiedades químicas de éstas. Por ejemplo, la morfina es utilizada para manejar el dolor en pacientes terminales con cáncer, y en ese caso está aceptada por el Estado. Pero hay también quienes la utilizan para drogarse todos los días. A ese adicto a la morfina hay que posibilitarle un tratamiento para que se regenere. Un adicto tiene, no sólo problemas de salud física, sino también mental.

L.M.: ¿Usted cree que si se penalizara la dosis personal, se reduciría el consumo de droga?
F.R.: No creo que se reduzca el consumo. Es como el homicidio: está penalizado y cada vez aumenta más. La penalización no disminuye los delitos. Aquí el problema es educativo, es cultural y de respeto.

L.M.: ¿Qué opina de la marcha que se convocó para defender la dosis personal?
F.R.: No estoy de acuerdo con esa marcha. Yo planteo que hay que prohibir la dosis personal, mas no penalizarla en el consumidor. Hay que educar a los jóvenes. Debe estar prohibido el consumo de drogas, yo no estoy de acuerdo con marchas para defenderlas.

L.M.: ¿Qué se puede hacer para enfrentar el problema de las drogas en los jóvenes?
F.R.: Educación, autoridad y respeto en la familia, autoestima en los jóvenes. Una familia que maltrate al joven, hace que éste busque escaparse de los problemas con la droga. La mayoría de jóvenes prueban la droga, pero sólo se quedan en ella los que tienen problemas en la familia, tienen autoestima baja, que no son seguros, que no se quieren. Hay que reforzar la autoestima en la familia y también en la escuela. Necesitamos mucha cultura, mucha educación y mucho respeto hacia el otro para que los niños y las niñas crezcan con una autoestima que les impida dañarse a sí mismos.


[1] Documento recuperado el 30 de junio de 2009, a las 10:08 a.m., en: http://www.elespectador.com/noticias/politica/articulo120855-son-cuatro-millones-los-colombianos-reconocen-haber-consumido-droga

[2] Documento recuperado el 30 de junio de 2009, a las 9: 56 a.m., en: http://www.mij.gov.co/eContent/newsdetailmore.asp?id=2743&idcompany=2