miércoles, 10 de junio de 2009

'El fin justifica los medios' (fragmento)

John Dahlberg decía que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. El consorcio entre Iglesia y Estado seguía siendo el pan de cada día, y lo seguiría siendo ‘por los siglos de los siglos, amén’. En el siglo XVII, tras largos decenios de régimen absolutista, las masas se revelaron ante quien afirmaba “El Estado soy yo”. Luis XIV, el Rey Sol, como muchos otros, aseguraba estar allí por voluntad divina, con el fin de controlar el pueblo bajo el miedo que impone el ser supremo. La revolución francesa puso punto final al absolutismo para abrir un nuevo capítulo, la burguesía.

La teocracia, pese a que perduró durante varios siglos – aunque con muchas falencias – desapareció prácticamente para el siglo XX, en el cristianismo, valga la pena aclarar. Casi todas las naciones cristianas de hoy, han erigido una muralla constitucional que separa la política y la religión.

Pero los matrimonios que más perduran son los que se hacen por conveniencia, y el de política y religión no es la excepción. Aún ahora, que la constitución ha hecho la separación entre Iglesia y Estado, siguen siendo, si no esposos, amigos leales.

Y ahora – como para continuar con la historia – lo que pasa aquí es que hay un presidente que reza el rosario delante de las cámaras, y que hay gente que cree tanto en él como en Jesús, si es que no lo confunden con el Mesías. Es más, la tía de Daniel Samper quiere inventar una religión en la que el dios es Uribe.

Y mientras eso pasa, la Iglesia se dedica a opinar. A decir que Uribe no debe reelegirse que porque atenta contra la democracia.

Desde luego que la Iglesia tiene derecho a opinar, la constitución contempla la libertad de opinión; pero el problema es que sumando sus derechos con su poder, puede resultar una mezcla explosiva.

Para comenzar, la Iglesia no tiene autoridad para dar lecciones sobre democracia; porque su sistema es absolutamente oligárquico, el poder lo detenta una minoría elitista y la forma en que elige a sus representantes se parece más a una monarquía que al sufragio.

Entonces…¿qué separación hay entre política y Estado, más después de este tipo de afirmaciones? Cualquier persona analfabeta traduciría las palabras de la Iglesia a que Dios está en contra de la reelección, y que para ser dramáticos obtendrán un castigo eterno si votan por aquél. Aunque yo no me debo quejar, porque mis palabras no salen en primera plana de un periódico, y este sacerdote las sacó de mi boca para ser leídas y creídas por feligreses. De todas maneras, si hubiera pensado en convencer a la gente de que Uribe no debe tener un tercer mandato no hubiera usado la vía religiosa; pero esta vez depronto sirva, y como decía ese viejo amigo: “El fin justifica los medios”.

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