miércoles, 3 de junio de 2009

Sin título - María Isabel Palacio

Por: María Isabel Palacio

Las niñas aguardaban en la entrada, sus rostros tocados por los pies de mariposas inquietas dejaron ver el encanto del sueño robado la noche anterior, eran el espejo de la espera que al ver crecer sus cabellos decide cortarlos y por fin desaparecer.
La puerta se abrió, una pequeña ala mostró el interior de lo que parecía un convento, o más bien un monasterio. A mi lado una niña de cabellos largos y amarillos dejaba desprender de sus ojos algo que casi nunca había visto antes, sólo cuando me caía y me salía sangre, lo que ocurría muy pocas veces porque siempre me fijaba bien, no me gustaba sentir el sabor salado de aquella agua guardada quien sabe por cuánto tiempo dentro de mi cabeza, aún sigo sin entender dónde cabe tanta y cómo es posible que la sal no haya acabado con mis pensamientos.
Adentro, una señora nos esperaba, entré junto con las demás niñas, todas íbamos calladas, no sé si por timidez o temor. Llegamos a un patio enorme, la niña de cabellos amarillos, se sentó a mi lado, sus ojos estaban rojos y su nariz no paraba de moverse tratando de retener lo imparable, fue la única a la que le hablé, pero no me sirvió para mucho, la misma señora que nos había hecho entrar, ahora nos separaba en dos grupos, tenía un rostro quebrado, sus dedos eran largos, siempre me fijé en las manos y aquellos dedos eran la prolongación de vidas que ella ya no quería vivir. Tras su hábito se escondía una cabellera que reclamaba ser vista, crecía tratando de buscar salida, se movía con lentitud desenredándose para por fin liberarse, pero nada de ello ocurrió jamás.
Al frente del patio, unas escaleras dibujadas en lo que esconden las arrugas de los años, eran pisadas por cientos de pies presurosos que subían tratando de alcanzar la imponencia de un cuerpo cada vez más idealizado por unas y quizás incluso odiado desde ya por otras, se perdieron entre pasillos que finalizaban en el inicio de otros que a su vez desembocaban en otros y otros, no había ventanas, y si las había, las rejas consumían su transparencia.
Me quedé quieta, mirando, apenas tuve tiempo de alzar los dedos y moverlos para despedirme de la nueva amiga que no volvería a ver, entonces la señora de rostro quebrado que se había quedado con mi grupo, me tomó de la mano, nosotras íbamos en la dirección contraria, subimos por otras escaleras, más pequeñas, estaban repletas de restos de alas transparentes, sin saberse cómo aquellas figurillas se adherían a mis zapatos, ahora estaban en todas partes, era molesto sentir como su transparencia las volvía inmunes a mis sentidos, pero ahí estaban, flotando algunas, otras en el suelo y las demás impregnando de vacío mis zapatos y contagiando mis pies de temor, miré a las niñas que iban conmigo, ninguna se inquietaba, muchas con sus dedos en la nariz caminaban hacía un salón donde ya no habría pedazos de alas transparentes, pero qué importaba entonces, si en verdad nunca las habían sentido como yo.
Nos sentamos, los pupitres revoloteaban dando brincos entre sueños marcados en la madera, luego se quedaban quietos, como cansados de otros cuerpos que habían cargado, las horas se paseaban por sus figuras y traían consigo la mirada de rostros que perdían la atención y dedos que les pintaban palabras en sus siluetas cada vez más rechinantes. Mirábamos el tablero, se extendía tocando las últimas fibras de paredes desdibujadas en mi memoria, mis manos tocaban unos papeles blancos que ahora parecen amarillos, los sentía entre las líneas de mis dedos, debía dibujar y escribir lo que la pared verde me mostraba.
Los trozos de alas afuera trataban de entrar, no había forma, las quería sentir de nuevo, jugar con ellas, atraparlas, saltar entre sus diminutas partes conservadas, pero yo estaba adentro, escribiendo letras que no entendía, haciendo cosas que no me servirían pero que debía, las otras niñas felices, hablaban, yo deseaba salir, no me gustaba ese sitio, sus paredes hechas a punta de alas destrozadas que incluso impedían el paso de sus restos, sus ventanas que cortaban con rejas la luz y al mismo tiempo las alas que querían entrar, los sonidos que brotaban de los cabellos encerrados de la señora de rostro quebrado, sonidos que solo llegaban a mis oídos y que finalmente terminarían por hacer salir de mis ojos aquella agua que odiaba tanto.
Las puertas se abrieron y salí corriendo, fue entonces cuando dije, no estudio aquí y no quiero se monja.

0 comentarios: