domingo, 14 de junio de 2009

Sin título

Septiembre, 2008

Un olor a cigarrillos inunda mi mente cada que evoco su nombre. Cada una de sus letras me hace estremecer. Su sonido leve y claro me transporta a las noches en que me cobijé con sus brazos y lo llamé por su nombre. A esas noches que eran ciudadelas de lunas y estrellas, cubiertas de melodías hechas sólo para mí. Y veo su cuerpo, claro y frío como lo recuerdo; moreno y salvaje. Sus ojos profundos y más profundos; son un mar; podría quedarme horas mirando esos cristales y jurar que me hundo. Sus manos parecerían tibias, su boca, sus labios, sus besos; podría construir un recuerdo casi perfecto de él. Entonces me acerco, mi mano se acerca, para tocarlo. Pero sé que no es real. No eres cierto. Eres una visión fugitiva, corta, una ilusión procaz. Así que para no perderte no te toco.
Se desvanece en mi memoria y en la poca reminiscencia que conservo. Y su cuerpo vuelve a ser sólo una vana imitación de un recuerdo lejano, ora sin forma, ora sin olor, ora sin sabor, ora sin calor.
Y me parece que con el tiempo olvido su rostro, y me enamoro de quién no conozco. Ya no sé quién eres. Nunca lo supe. Ni supe quién soy. Ni lo sabré. Ni sé si te amo, ni sé si te amé. Sólo sé que te deseo, que te llamo dormida y que despierta te busco por calles vacías. Quiero construir tu cuerpo, tejerlo, probarlo, gastarlo, hasta que sólo queden tus ropas inertes. Aunque...pensándolo bien, ya no te quiero.

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