domingo, 19 de julio de 2009

Intoxicación por chocolate

No recuerdo bien si era miércoles o viernes, pero era un día normal, como cualquier otro, sin mucho movimiento, sin muchos pensamientos demasiado originales; las mismas clases, la misma gente, las mismas caras y las mismas conversaciones de siempre. Si acaso, la única novedad esa mañana se evidenciaba en el periódico: ya eran catorce las muertes por intoxicación por chocolate esa semana. Aunque no era tan novedoso; yo ya estaba acostumbrada a ese tipo de hazañas tan extrañas.

Cansada del bullicio y de las mismas conversaciones de todos los días a esa hora, que no iban a ningún punto y siempre terminaban en un silencio desconsolador que hacía a todos recostarse sobre sus morrales, con un cachete aplastado y jugando con cualquier cosa en la mano, me retiré a la parte trasera del lugar y me senté sola en una mesa. Ahora el silencio era más disimulado, aunque quedaban en el aire resquicios de gritos. Saqué un libro, el que había comenzado unas cinco veces en esa semana, porque había algo en el aire que evitaba que me concentrara, algo que no sabía muy bien que era, pero que no olía bien. Entonces me acomodé en la posición menos estética que alguien pudiera imaginar y me preparé para empezar el libro por sexta vez.

Las páginas transcurrieron entre uno y otro pensamiento, y cada párrafo era interrumpido por alguna idea inoportuna. Habían pasado 28 minutos y sólo iba en la tercera página. Un séptimo comienzo sería necesario, eso era seguro.

Siempre que me alejaba de esa manera de la gente era por dos razones. La primera era el silencio, que analógicamente significaba aire para mí. La otra, era por el miedo al tiempo. No quería perder un minuto de mi vida haciendo cosas estúpidas, o viendo a la gente recostada en sus mochilas, con un lado de la cara aplastado, y maldiciendo la vida con sus ojos después de una larga jornada de clases. Si hay algo a lo que yo le tema es al tiempo. Ver pasar a las manecillas del reloj que indican los segundos, 86.400 veces al día por el norte del reloj, me deprimía de verdad. Más o menos a la cuarta vuelta ya habría echado lágrimas. Y más o menos a la veinteava hubiera intentado suicidarme. Pero lo que sucede es que, cuando pienso en el tiempo que ya ha pasado, y pienso en las cosas que ya no volveré a hacer, siento una nostalgia que puede durarme semanas. Y otras veces pienso en el poco tiempo que me queda y en todo lo que quiero hacer antes de morir, pero siendo racional, sé que no llegaré a hacer ni la mitad de ello.

Y ese día no me encontraba exactamente de buen humor, pero tampoco de uno muy malo. Era un día normal. Un día de esos en que los sentidos se bloquean y uno se olvida de oler, de mirar, de escuchar o de sentir la poesía cuando canta. Simplemente, el día no me provocaba nada.

Dejé el libro a un lado de la mesa, abierto pero con la cara abajo, porque no recordaba donde había guardado el separador, y no quería que se me perdiera la tercera página en la que iba. Resbalé mi cuerpo en la silla hasta que mi cabeza encontró la altura del espaldar y cerré los ojos por un momento, que duró más de lo que yo hubiera querido. Entonces recordé mi último beso, pero no me trajo buenos sentimientos, así que esculqué entre los cajones de archivos de mi memoria, tratando de recordar mi último beso felíz. Había sido hace mucho, mucho tiempo. Fue el 28 de octubre, y jamás había esperado tanto tiempo ni con tanto empeño a que alguien me besara. Esa noche, mis papilas gustativas habían vuelto a probar un elixir que no degustaban hace muchísimo tiempo.

Este viernes o miércoles, me sentía falta de ese elixir. No exactamente de ‘ese’ del 28 de octubre, podía ser cualquiera. Necesitaba besar, pero no habían peces en el agua, y hacía tiempo que no los había. Mis labios necesitaban poner a funcionar su actina y su miosina, y mi cuerpo deseaba liberar endorfinas.

Y cuál si hubiera estado leyendo mis pensamientos, llegó lo que yo esperaba, cargado de dulces y con una sonrisa casi tan llena de carbohidratos como lo que vendía. Me refiero a que su sonrisa era acaramelada y acogedora, como las chocolatinas que traía en la mano. Yo no sería el quinceavo caso de muerte por chocolate, y lo sabía. El chocolate era algo parecido a besar o a hacer el amor. El chocolate me llevaba a mi punto máximo. No podía vivir sin chocolate. Y entonces, con su sonrisa asesina, me sedujo, vació mis bolsillos a cambio de 1.600 gramos de chocolate para el resto de la tarde.

A él lo veía algunas veces los miércoles o los viernes, y cuando lo veía coqueteaba con él. Pero era un coqueteo momentáneo, porque sabía que eran pocas las veces que lo iba a ver, por lo que intenté no llenarme la cabeza con obsesiones, que me carcomían, como el chocolate. Pero ese día, en medio de su normalidad, de su rutina y de su insensibilidad, él emanaba cierta esperanza. Tal vez esperanza no sea la palabra, suena demasiado romántico para mi gusto. Era como si él fuera la única novedad además de las catorce muertes por chocolate en esa semana.

Me había encontrado derramada en mi asiento, en una posición completamente antiestética, y la menos adecuada para coquetear, como lo hacía siempre que lo veía. Entonces, de una manera muy poco disimulada me erguí para parecer esbelta, a pesar de estar sentada. Pero mi pelo estaba un poco desordenado y no me untaba labial hacía más de tres horas, por lo que mis labios estaban resecos y lo menos apetecibles para besar.

Él comenzó a preguntarme cosas sobre mí, con una sonrisa que pareciera le fuera a romper la piel de las mejillas. Y me di cuenta que esa sonrisa no era normal. Bueno, era normal, pero estaba acompañada de preguntas, y eso la hacía inusual. Entonces me incliné sobre la mesa, pero no para besarlo, sino para que pudiera verme de cerca y estudiar mi piel blanca, para que tal vez así pudiera recordarme algunas veces, casi tan esporádicamente como yo a él. Su aliento se cortó, miró su reloj y dijo que debía irse ya. Mi rostro comenzó a poblarse de sangre, mis ojos se expandieron y mi boca liberó su fuerza entreabriendo los labios, para dejar escapar un suspiro de tristeza. Ese había sido el único pez en mi estanque en mucho tiempo, pero lo había olvidado. Esa era mi única oportunidad en mucho tiempo de besar a un chico, y ahora el maldito tiempo me lo estaba arrebatando. Si el tiempo fuera bueno conmigo, tanto como para hacerse querer y no temer, dejaría que pasara el resto de mi vida besando, o comiendo chocolate sin sufrir las consecuencias, o haciendo el amor sin tener hijos.

Él se percató de la perplejidad de mi rostro, y tal vez imaginó las decenas de pensamientos que cruzaron mi mente en esos escasos dos segundos. Tal vez él también necesitaba besar y por eso me dijo que me vería a las cinco en ese mismo lugar en que yo estaba sentada ese viernes o ese miércoles. Y tal vez oyó los nervios, revelados por los latidos de mi corazón, y por eso me regaló otra barra de 200 gramos de chocolate. Debió imaginar que la necesitaba para pasar el resto de la tarde con vida. Pero era buen indicio, porque al menos quería que siguiera con vida.

El segundero pasó 1.741 veces por las 12, y a la 1.742 ya estaba lo suficientemente deprimida como para seguir observándolo. Entonces volví a tomar el libro, pero continué en la tercera página, en la octava línea, “…en el bosque no se oían sino las cantatas de las ranas y los grillos, y ella permanecía inmóvil esperando que…”. Desde antes de nacer sabía que el mundo estaría en contra de mí. Ese libro se estaba burlando en mi cara. Lo sabía, porque era una novela de desamor, y yo escogo los libros por casualidad; aunque ya había comenzado a percatarme de lo irreal que es la casualidad. Ese libro estaba ahí para leerme mi vida, para decirme que me dejarían esperando en esa mesa el resto de la tarde. Esperaba un beso que nunca llegaría.

Ese libro era una porquería. Lo cerré y lo guardé, dispuesta a no seguir leyéndolo, y resignada a gastar el tiempo sin hacer nada, lo que iba en contra de mis reglas de vida.

No eran ni las 4 de la tarde, pero supuse que no valdría la pena quedarme sentada esperando una hora más. Sabía que no vendría. Pero mi destino era subirme a un tren, ver mil caras fatigadas, quejándose de la vida, y no quería enfrentarme aún a aquello, aunque sabía que era mi única opción. Me paré, di un par de vueltas al edificio, y habiendo recuperado un poco de esperanzas volví a sentarme en la misma silla que había ocupado hacía cinco minutos.

Abrí la primera barra de chocolate, y tras de ella la segunda, y la tercera y la cuarta… y en minutos, los 1.800 gramos de chocolate eran sólo envolturas de papel. Ahora sólo faltaban tres minutos para las cinco y había comenzado a dudar sobre mi muerte por chocolate. Ahora ya no estaba tan segura como antes. Tal vez sí llegara el chico de la sonrisa de caramelo y me encontrara en un shock diabético. O tal vez me encontrara con la cabeza sobre la mesa, inerte y silenciosa, con los ojos desorbitados por los efectos del chocolate. O tal vez no me encontrara, porque ya me habría muerto y me habrían llevado a un horno de cremación (cosa que siempre prohibí que hicieran conmigo, pero que al fin y al cabo me la harían. Podría tener catalepsia y me estarían quemando viva. O si estaba muerta no quería ver mi cuerpo haciéndose ceniza. Preferiría ver como las lombrices se lo comían, y cumplir el ciclo biológico como debe hacer un buen cristiano. Aunque soy agnóstica). O llegaría y sólo encontraría un vómito oscuro sobre la mesa en la que horas antes yo me había inclinado para que examinara mi piel blanca, que ahora estaría más blanca por la indigestión. De todas esas opciones, preferiría la de morirme. Además, hubiera sido el caso número quince de muerte por chocolate, sería el record de la ciudad.

Pero nada de eso ocurrió. Tuve que dirigirme al baño y cuñar la puerta con el morral. Permanecí 32 minutos adentro del cubículo, pero salí renovada. Tenía la esperanza, ya llegada a ese punto, de que él fuera impuntual, cosa que aborrezco, pero que ese día, viernes o miércoles, hubiera sido de gran ayuda.

Cuando volví, la silla donde me había sentado durante horas, estaba ocupada. Un grupo de personas se reía ridículamente alrededor de esa mesa. Y no había rastro de mi besador.

El chocolate comenzó a hacer efecto en mis venas. Comencé a marearme y a ver un poco borroso. Y entonces caí, no recuerdo dónde. Cuando me desperté, estaba en un recinto blanco, casi cegador. Me faltaba algo. Había perdido mis labios. Tal vez los había dejado olvidados en el lugar donde me desmayé. O tal vez me los habían extirpado por falta de circulación, por falta de oxigenación, por falta de uso. Y mis sospechas se confirmaron, cuando el cirujano me mostró sobre su mano enguantada dos pedazos largos y blancos alargados, y me dijo que habían tenido que amputarme los labios, porque se habían muerto por falta de besos.

Entonces, ese día sí morí por intoxicación de chocolate.

1 comentarios:

anita V dijo...

Linis esta geniaaaaaaaallllll!!!!!!! me encantoooooooo!!!!!!! ♥♥♥♥ te adoro