miércoles, 8 de julio de 2009

LA PASTILLA CONTRA EL OLVIDO

Hace ya mucho tiempo que la escritura reemplazó a la memoria. Por alguna razón, el hombre ha tenido siempre una fobia indescriptible por el olvido. Comenzó con el dibujo y la escultura, dio origen a la historia con la escritura, inventó la prensa escrita y la radial. Sin embargo, su vida necesitaba ser plasmada de una manera más real, y para ello debía utilizar imágenes con movimiento. Los intentos por crear un aparato televisivo, que le permitiera al hombre recordar imágenes tal como si las viviera en su vida corriente fueron muchos. La televisión debía ser creada con el objeto de recordar al hombre su historia, enseñarle su presente y proyectarle su futuro, de una manera casi profética. Los medios de comunicación han sido un método de memoria histórica, y la televisión nació para sacudir al mundo, y de paso decirle los cambios tecnológicos y globales que se le avecinaban.

Primero fue la imprenta y luego el descubrimiento del electromagnetismo. Sin el cumplimiento de alguna de estas etapas, dar a luz a la televisión no hubiera sido probable, o quizá hubiera tomado mucho más tiempo del imaginado. Así como la radio es hija de la técnica y la invención del siglo XIX, la televisión es hija de los inventos de medios anteriores, la prensa y la radio, porque la televisión hibrida ambos genes.

Antes de la caja plástica con una ventana de vidrio (aunque ya se parece más a una hoja de papel que a una caja), la televisión pasó por una transformación quirúrgica importante. El primer dispositivo adecuado para reproducir imágenes fue el disco Nipkow, patentado por el alemán Paul Gottlieb Nipkow, en 1984, pero por fallas mecánicas imprevistas resultó por no funcionar. Luego, en 1923 aparecieron el iconoscopio y el tubo disector de imágenes, inventados por el ingeniero estadounidense de radio Philo Taylor Farnsworth. En 1926, John Logie Baird, un inventor escocés, creó un sistema de televisión que utilizaba los rayos infrarrojos para captar imágenes en la oscuridad. Sin embargo, sólo después de terminada la Primera Guerra Mundial, la televisión pudo tener un desarrollo, gracias a el invento de los circuitos eléctricos, los avances de la radio y la aparición de los tubos.

Las primeras emisiones públicas de televisión fueron efectuadas en 1927 en Inglaterra por la BBC, y en los Estados Unidos en 1930 con las cadenas CBS y NBC. Pero no fue sino hasta 1936 que comenzaron a emitirse programas y seriados, en Inglaterra, y en 1939 en los Estados Unidos. Sin embargo, la emoción les duró poco a los americanos, que debieron interrumpir sus programas durante la Segunda Guerra Mundial.

El primer canal comercial latinoamericano se fundó en México el 31 de agosto de 1950, y en 1952 se creó en España el canal Televisión Española (TVE). Para ese entonces, Colombia se encontraba en los albores de la guerra, sumergida en una dictadura – orgullosa de proclamarse la única interrupción de la democracia colombiana – bajo el despotismo del General Rojas Pinilla, adorado por las mujeres por haberles concedido el voto, y futuramente aclamado por traer la televisión a Colombia.

Rojas Pinilla había realizado un viaje a Alemania en 1936, y había quedado fascinado por el invento del nuevo siglo. Pero necesitaba el poder que le había concedido el golpe militar contra Laureano Gómez, para tener influencias que le permitieran introducir la televisión en Colombia. Un año se demoró la instalación de señal en todo el país, que comenzó en 1953. Para 1954 ya estaban a la venta los aparatos importados de Alemania y Estados Unidos, y se hicieron los primeros ensayos el primero de mayo, emitiendo señal entre Bogotá y Manizales. Las primeras imágenes de la televisión en Colombia, cual primeros pasos de un bebé, fueron una figura en movimiento y la portada del El Tiempo de ese día.

Pero la inauguración oficial se hizo el 13 de junio del mismo año, como un servicio prestado directamente por el Estado, y como celebración del primer año de gobierno del General Gustavo Rojas Pinilla. Se transmitieron las notas del Himno Nacional y luego habló el Presidente. Seguidamente se emitieron los primeros programas de entretenimiento, completando una emisión de tres horas y 45 minutos. Las clases más ricas – que casi siempre son las clases políticas y dirigentes – ya gozaban de un moderno cubo con imágenes y sonido en la sala de sus casas. En ese año se crearon los primeros canales públicos, que estaban (y acaso no han dejado de serlo) enormemente influidos por el gobierno.

Durante el primer año de tiraje televisivo, se emitieron programas culturales y educativos, y básicamente estatales. En 1955, el Gobierno Nacional decide abrir un espacio para los comerciales, y la Empresa de Televisión Comercial (TVC) se hace cargo. La empresa tiene como socios a las programadoras RCN y Caracol, y alquilan espacio para las entidades interesadas en transmitir algún magazine, programa o concurso.

En mayo de 1958 se hace la primera transmisión a control remoto, emitiendo La Novena Sinfonía de Beethoven desde el Teatro Colón en Bogotá. Este fue un paso grande, que daría pie a futuras emisiones a distancia.

En 1963 se crea el Instituto Nacional de Radio y Televisión (INRAVISIÓN), que dependía del Ministerio de Comunicaciones, y que tendría autonomía patrimonial, administrativa y jurídica frente al aparato televisivo. El primer director del Instituto fue Cesar Simmods Pardo.

En la década de los sesenta se comienzan a realizar programas de entretenimiento. Gracias a esto surgen más canales, como Teletigre, que ahora se conoce como Institucional, y más programadoras. En ese tiempo existían únicamente dos canales, que cobraban a las programadoras para que éstas transmitieran su programación. Algunos de los más importantes programas de la época fueron las telenovelas El hogar y Hechizada.

La televisión a color se inventa en 1970, pero llegó nueve años más tarde a Colombia – como todo en el país –, en 1979, mucho tiempo después de que el resto del mundo y los del otro lado del charco se hubieran acostumbrado a ver las imágenes de sus cajas plásticas a color. La demanda de televisores se incrementa exponencialmente, y el televisor se vuelve una máquina, si bien más apetecible, más asequible. Aquí fue cuando las noches de lectura familiares se convirtieron en noches televisivas familiares.

La venta de espacios por parte de los canales públicos aumentó con la televisión a color, y esto colaboró a que las programadoras se independizaran un poco del Estado (pero no por ello dejaron de hacer la voluntad del Gobierno de vez en cuando). Por esa época nacen los primeros canales informativos y nace también el Canal 11, conocido hoy como Señal Colombia.

Las programadoras más destacadas de esos años eran Caracol, RCN, Producciones Jes y Colombiana de Televisión. Sólo en 1997, se abrió licitación para crear canales privados de televisión, y las únicas propuestas que se aceptaron fueron las de RCN (Propiedad del grupo Ardila Lulle) y Caracol (propiedad del grupo Santo Domingo), que gozan de la mayor audiencia en el país.

Pero aparte de la historia, y recordando un poco la tesis sobre la memoria, tiene cabida hablar sobre la programación de la televisión. En su ejercicio de no querer olvidar, el hombre hace todo lo posible por tener ante sus ojos la solución del recordar. Y esto es lo que ha pasado precisamente con la caja de imágenes.

En un país que es escenario propio de la corrupción, de las guerras civiles, de la violencia, el telón del recuerdo de abre con las telenovelas, y el acto primero, primera escena, es presentada por los noticieros de los canales nacionales.

La agenda mediática nos mantiene al tanto de lo que pasa, pero la polarización de los diferentes canales frente a un hecho, obligan al hombre a crear historias que cuenten la realidad de una manera detallada. Es entonces cuando nace la telenovela, que adopta los rasgos de una realidad mediática.

La telenovela llega para hablarnos del vivir diario de las clases sociales bajas, que son las víctimas de los noticieros televisivos, y que se espectacularizan al punto de perder veracidad. En la novela ocurre un retroceso que vuelve a la verosimilitud, a la situación que no fue vista en el noticiero. La novela muestra también a la madrastra malvada que se apropia de la herencia, al empresario soberbio por su riqueza, a un ejército muchas veces incomprensivo.

Un ejemplo de ello es Café, que narra la historia de una mujer recolectora de café, que se enamora de un empresario cafetero. En la época de los noventa, la novela salió para representar a una Colombia exportadora del grano de café, y a una historia típica sobre un amor imposible. Como si fuera poco, el temor al olvido tira la misma novela de tiempos pasados, ahora antes del noticiero de las siete.

Y la comedia se combina como la olvidofobia, como con la novela ABC, que además de contar la historia de inversiones DMG, un hombre que salió de los suburbios para convertirse en un adinerado con un Jaguar, la satiriza.

Sin embargo, el colombiano que tan orgullosamente se queja de su paupérrima televisión es el que la mantiene viva. Es cierto que la televisión colombiana cojea, pero la audiencia hace las veces de muleta. Sencillamente porque no puede evitar mirar las imágenes de su aburrida realidad, convertida más en un cuento de hadas que en una telenovela.

Los seres humanos estamos condenados a olvidar, es nuestro destino, es nuestra naturaleza. Pero no podemos olvidar lo que propiamente no conocemos. Los políticos existen porque los medios los muestran, las guerras existen porque los medios las muestran, y así pasa con casi todo. Y esa pastilla que nos dan en el noticiero, nos la dan con una dosis más larga en las telenovelas.

No se trata de criticar la remembranza que nos trae la televisión con sus novelas y con sus noticieros. Sino de que, si por lo menos no queremos olvidar, recordemos algo que tenga calidad. Olvidar, de vez en cuando, es saludable.

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