domingo, 19 de julio de 2009

La vi morir en el mar

A ella la había conocido desde antes de nacer, nueve meses antes. Sabía que seríamos muy buenos amigos, porque somos muy parecidos. Yo la había visto crecer; hacía dieciocho años y unos meses que la conocía, o que la veía, porque ella siempre me repetía que nunca la conocería, y se impresionaba cuando me equivocaba al intentar acertar en sus gustos.

Ella era salvaje, y no le gustaban las cadenas. Amaba la libertad, y esa era su palabra preferida, porque eso representaban sus pinturas y eso escribía siempre después de firmar las cartas esporádicas que me hacía. Amaba los caballos, y en cierto modo se creía uno de ellos. La comunicación entre ella y esas bestias parecía algo completamente natural. No soportaba presiones, y no toleraba que alguien le mintiera; si lo hacían en su cara ella misma lo refutaba.

Pero todos esos recuerdos sobre su búsqueda de la libertad, me acuerdan de su muerte. Yo estaba allí; la vi morir y vi el agua teñirse de rojo cuando el motor destrozó su cabeza. Siempre que se subía a esa lancha me decía que temía morirse de la manera en que lo hizo.

Casi todos los veranos yo la llevaba al mar. Pero ella no resistía sentirse aprisionada entre la selva y el océano y siempre me pedía que la llevara mar adentro. Se montaba en la lancha y se sentaba en la proa, mirando hacia el frente, como un águila queriendo cortar el aire del horizonte. Se sentaba con las piernas cruzadas y nos daba la espalda a los que nos sentábamos en las bancas del bote. Pero ella era feliz cuando lo hacía; imagino su júbilo cuando sentía el aire golpear su cara, y el vapor salado del mar entrando por su nariz, el sol de medio día sobre su espalda, el viento jugando a despeinar su cabello, y las olas del mar invitándola a nadar con ellas.

Pero cada verano, cuando me decía lo mucho que disfrutaba admirar el mar desde la proa, me contaba también su miedo a sentarse allí. Siempre supe que ella era diferente, porque ella imaginaba cosas que nadie más podía hacer, como imaginar su muerte de la misma manera en que pasó.

A pesar de lo mucho que disfrutaba sentada en ese lugar de la lancha, su sufrimiento era casi del tamaño de su dicha. Me decía que temía caerse al agua. Pero ella imaginó cada detalle de su caída, como creo que lo vivió.

La lancha iría con mucha velocidad, y en una ola podría levantarse la proa; la inercia haría que la proa saltara, y ella caería inmediatamente al agua. El motor seguiría encendido; quienes viajaban en la lancha no se habrían percatado de su caída, porque sólo habrían transcurrido algunas milésimas de segundo. Y mientras tanto, ella estaría bajo la lancha, avanzando entre remolinos hacia la popa, donde estaba el motor. Los tripulantes apenas habrían podido parpadear una vez.

Ella me decía que si eso llegaba a pasarle, pasarían escasos dos segundos antes que el motor destrozara su cabeza. No alcanzaría ni siquiera a recordar un instante de su vida, porque tendría pocas centésimas antes de morir. Pero yo le dije que podría recordar hasta el momento más intrínseco de su existencia, y vería su vida entera, como un video proyectado ante sus ojos. Y ella lo entendió, y comprendió que volvería a nacer cuando estuviera bajo el bote, sin aire, sin oxígeno, durante dos segundos.

Un nuevo universo nacería bajo el bote, como una burbuja, como un nuevo mundo, y ella volvería a nacer, y a vivir dieciocho años, en escasos dos segundos antes de morir. Sería como si volviera a vivir de nuevo, y tras dieciocho años y algunos meses, ese universo la transportaría de nuevo a ese momento, debajo de la lancha, antes de su muerte. Ella me respondió que era paradójico que volviera a vivir su vida como si hubiera reencarnado en ella misma, que viviera otra vez dieciocho años, mientras nosotros, los que íbamos en el bote, sólo viviéramos dos segundos.

Faltaban algunas centésimas para ajustar un segundo, y esa mujer que yo conocía hacía más de veinte años gritó, pero no había comenzado a verter lágrimas; pensó equivocadamente que se podría salvar. Yo callé, porque sabía que en un segundo estaría muerta, y no quería arrebatarles las esperanzas a quienes me acompañaban ese día en la lancha.

Ella estaría comenzando a nacer de nuevo bajo el bote. Para ella sería de nuevo noviembre del noventa. Para los que estábamos arriba era agosto de dieciocho años después. Y ella estaba viviendo ese miércoles en que nació, estaba tomando su primera bocanada de aire, estaba saliendo del cuerpo de su madre, llorando, gritando como un recién nacido. Estaba dando sus primeros pasos, diciendo sus primeras palabras, en su primer día de guardería, en su primer día de colegio, viviendo su primer castigo; consiguiendo sus primeras amigas, sus primeras salidas, sus primeras citas, dando su primer beso, enamorándose, viviendo su adolescencia; celebrando sus quince años, graduándose, en su primer día de universidad, y finalmente, llegando de nuevo a ese momento, cayendo bajo el bote, en un remolino de corrientes, mientras en dos segundos nosotros no alcanzábamos a darnos cuenta del golpe.

La corriente la empujaría hacia arriba, y su cabeza golpearía el piso de la lancha, en ese momento todos gritarían. Finalmente, la fuerza del agua debajo del bote la impulsaría hasta la popa, donde estaba el motor, funcionando, con su velocidad máxima, y sin la suficiente agilidad del lanchero como para frenarlo en los dos segundos que duró su muerte.

Vimos salir primero su cabeza, como el día en que nació, pero esta vez salió para morir. Su pelo estaba esparcido como un abanico en el agua, pero luego no pudimos ver nada más. El motor le destrozó la cabeza con sus hélices, esa cabeza que yo sabía que estaba llena de cosas que nadie entendería jamás. Yo fingí dieciocho años que la entendía, pero nadie jamás podría comprender una mente tan compleja.

El agua comenzó a teñirse de rojo, y la estela que dejaba la lancha tras de sí era una carretera carmesí. Pronto fueron su espalda, sus pies, su pecho, los que comenzaron a colorear el agua, y los pedazos de piel y carne quedaron flotando en la marea. Habían pasado cuatro segundos, y no habíamos tenido tiempo para acostumbrarnos a su muerte, ni tiempo para asimilarlo; si bien algunos apenas comenzaban a darse cuenta, cuando vieron su cuerpo atravesado por huesos rotos y en medio de una estela roja.

El motor se detuvo. Nadie había comenzado a llorar, porque todos estaban perplejos, intentado creer lo que veían. Su cuerpo, que segundos antes había estado imponente sentado en la proa, cortando el viento salado del mar, ahora estaba con pedazos de piel faltantes en medio de una marea violácea.

Yo era el más acostumbrado entre esa multitud de cinco personas que habitaban el bote. Porque ella ya me lo había dicho, y vivirlo fue exactamente igual a como yo lo había imaginado cuando ella me lo contó, y seguramente igual a lo que ella imaginó que pasaría si se caía desde la proa del bote.

Tal como lo habíamos pensado. Ella viviría dieciocho años mientras yo vivía dos segundos. Ella nacería en un nuevo universo mientras yo permanecía en el mismo lugar, esperando a que la corriente la sacara de debajo del bote, e impotente esperaría ver la sangre manchando el agua salada del mar.

Así murió, mientras buscaba la libertad, pero creo que no hubo para ella un momento de tanta prisión como el que vivió entre las corrientes marinas bajo la lancha, ni tanta prisión como volver a vivir su vida en ese nuevo universo, segundos antes de su muerte imaginada.

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