sábado, 4 de julio de 2009

Vinolencia en una noche decembrina

En la mesa relucían sus dientes plateados; su lámina alumínica brillaba con la luz tenue del comedor. Sus ansias de vino eran incontenibles, un instinto salvaje; de ese vino que acelera los latidos, de ese vino que hincha la cabeza, de ese vino que solloza cuando fluye y que grita cuando lo dejan liberarse.

Soñaba con recorrer lentamente la piel, una tez blanca, un cuello desnudo, en una noche decembrina. Oír el quejido agridulce de dolor de su víctima. Quería abrir un camino por el que fluyera el vino, como agua de un río, por la nuca de ese ser que gritaba apesumbrado en la noche. Y sentir su desmayo, su desmadejo en la calle, en un callejón oscuro, a media noche, bajo una luna llena decembrina. Y oler el vino que riega las flores del asfalto. Deseaba degustar el etílico, embriagante, adictivo sabor del vino, que tiñe los dientes de rubí.

Sus dientes perlados se deslizarían alegremente sobre ese desierto blanco, su lengua probaría el elixir, que le produciría un éxtasis impropio en su especie.

Y tendría una noche encantadora, bañado en vino, reluciente como rubí, en una noche de luna llena decembrina.

Tras la resaca, por el vino embriagante, tendría que afilar sus dientes otra vez. Volver a sentarse a la mesa, sentir las ansias nuevamente sobre el mantel, de probar el vino en otra noche decembrina.